viernes, 21 de junio de 2013

Sobre la mesa

Mesa de Rodrigo Calderón. Bolas de pórfido, leones de bronce, tapa de piedras duras. 1661
El hombre ya era sedentario. Tenía fuego, un hogar, familia, cosechas y ganado. Ahora necesitaba objetos que hicieran su vida más cómoda, más fácil, muebles que protegieran su cuerpo y sus posesiones, piezas que los guardaran y cuidaran ante el tiempo y el peligro. Se fabricó un arca para almacenar, una cama elevada del suelo, una silla donde descansar y una mesa, casi un árbol, con su copa y sus ramas, en la que comer o trabajar.
Occidente comenzó a usar mesas unos tres mil años antes de Cristo. Los egipcios y griegos las hacían de madera, ligeras, fáciles de hacer y de transportar. Apoyaban sobre un pedestal o sobre tres o cuatro patas y no eran muy altas respecto del suelo. Algunos carpinteros las hacían con la típica moldura de caveto que recuerda la curva de las palmeras, a veces tenían los pies en forma de animal, garra de león o pezuña de rumiante. Hubo también mesas de tijera, con las patas cruzadas, y mesitas con cajones, con la cintura tallada, elegantes obras de arte que ya combinaban con armonía el uso de la forma y del color. Los egipcios usaban la mesa para poner la comida, para jugar, comer o trabajar. Si eran muy bellas las colocaban en las tumbas para presentar frascos, jarros, vasos o piezas de cerámica o de vidrio con la comida que acompañaría al muerto en su viaje al ultramundo. En las antiguas civilizaciones la mesa no se usaba como escritorio, los escribas ejercían su oficio en el suelo, sobre las rodillas.
Mesa egipcia
Griegos y romanos la utilizaron más. Los  primeros  las hacían también de madera por lo que, al ser un material orgánico, muy sensible al paso del tiempo, apenas quedan ejemplos más allá de los que aparecen en la cerámica. También las había de tres o cuatro patas, trípodes que usaban como mesas auxiliares cuando se recostaban para comer o beber. Y altares de piedra, a veces escultóricos, donde escuchaban augurios y ofrecían sacrificios.
En Roma, las clases más bajas usaron muebles de mimbre mientras los patricios comenzaron a fundirlos en metal y a tallarlos en mármol. Ellos heredaron de los griegos la costumbre de comer reclinados, rodeados de mesitas auxiliares trípodes, y crearon veladores plegables con patas zoomorfas, que sostenían tapas de cedro u otras maderas duras. La mesa de mármol, el cartibulum, tenía una o dos patas, trapezóforos de talla virtuosa que representaban, a veces, animales completos. Pero la  barbarie arrasó con la civilización y el hombre volvió a ser nómada.
Cartíbulum romano
En las primeras fortalezas medievales los muebles debían ser portátiles, cómodos de desmontar y fáciles de colocar en el sitio de la siguiente batalla. Los nobles comían en tableros estrechos cubiertos por manteles, que se apoyaban en borriquetas. Se sentaban en bancos sin respaldo, apoyando la espalda contra la pared, con el noble de mayor rango en el centro y los demás a sus lados. El frente quedaba libre para el servicio; y el tablero listo para ser usado como escudo en caso de un posible ataque. Al terminar la comida, las mesas se apilaban dando siempre preferencia al espacio. Sólo los altares, en las iglesias y catedrales, tenían mesas con patas de piedra.
En el románico, hacia el año 1000, ya había sólidas piezas de roble o de nogal en las que los monjes medievales trabajaban o comían en paz. Esas mesas de refectorio al principio eran muy simples, rectas y estrechas, construidas con tableros macizos, montantes y travesaños ensamblados entre sí y reforzadas con clavos de hierro, sin apenas adornos.
Con la aparición de las primeras villas y burgos aumentó el interés por la decoración de las casas que, en el Renacimiento, alcanzó la categoría de arte. Mobiliario y vestidos eran objetos suntuarios, pruebas de riqueza y de poder, lujos accesibles sólo a las clases más altas cuyo uso estaba regulado por ley. Los mejores muebles se tallaron, se tornearon o se recubrieron de taraceas. Surgieron los hábiles ebanistas que seguían diseños de arquitectos famosos como Du Cerceau o Sambin y renacieron también las mesas lujosas, con las patas profundamente talladas siguiendo viejos modelos romanos. Todos los artistas tenían el mismo nivel, ya fuera ebanista, escultor o pintor. Botticelli pintaba arcas de novia, Miguel Ángel proyectó unas escaleras.
Mesa refectorio holandesa S XVI
Hasta entonces, la mesa era menos frecuente en los castillos que la silla o, sobre todo, que el arca, que hacía la función de armario; aún no existían los comedores. Pero para mediados del 1.600 la sociedad había evolucionado y los nuevos espacios exigían muebles para distintos usos. Mejoraron las técnicas de carpintería y ensamblaje. De la mesa derivaron nuevas tipologías: el bufete, el bufetillo, el aparador o credenza y la consola. La rústica y pesada mesa de refectorio torneó sus patas con formas complicadas, reforzó su estructura con fiadores de hierro y talló el frente de sus cajones con abigarrados motivos de roleos y de flores.
El barroco esculpió las formas y mezcló los materiales. Hubo mesas de centro fabulosas, doradas o cubiertas de plata y los ensambles descubrieron el refuerzo de las guarniciones de bronce. Se hicieron auténticas esculturas que soportaban tapas de mármol o piedras duras, pero las comidas y banquetes seguían celebrándose en el salón más grande del palacio sobre simples tableros con borriquetas. Hubo que esperar al XVIII, al siglo de los salones contiguos y gigantescos, al siglo del mueble por excelencia, para que el hecho de comer en grupo tuviera un espacio propio, definido y privado. Los palacios estaban llenos de mesas de todo tipo: tocadores para dama o caballero, mesas de despacho, de arquitecto, de biblioteca,  burós mazarino, escritorios de tambor y mesas de juego; mesas para las bebidas o para el té; había veladores, mesitas y mesillas. Los salones se llenaban de muebles y la comida aún no tenía su propia mesa.
Fue a mediados de aquel siglo cuando en Inglaterra apareció un tipo de mesa ligera, práctica y funcional  hecha expresamente para el comedor. Partía de un tablero redondo que podía abrirse en dos dejando a la vista otros tableros más pequeños que se acoplaban y la ampliaban. Era una mesa bastante práctica, sin cajones pero con cintura, que escondía parte de sus travesaños entre la estructura y adaptaba su tamaño al número de comensales.
Mesa imperio extensible, italiana, con escenas venecianas
El rococó trajó la pata cabriolé, y el neoclásico y el imperio las llenaron de motivos clásicos, egipcios, griegos y romanos. Pero tras la Revolución Francesa, Europa había dejado de mirar a Versalles y dirigía sus ojos, definitivamente, a Inglaterra. El mundo quería los diseños de Robert Adam, que en 1770 había sentenciado: "El comedor debe considerarse el departamento de la conversación, un lugar donde se pasa mucho tiempo. Por eso es deseable decorarlos con elegancia y esplendor pero en un estilo distinto a los demás departamentos. En lugar de tapices, damascos y demás deberá rematarse con escayola y adornarse con cuadros que no retengan el olor de las vituallas".
Del mismo siglo fueron otros famosos diseñadores británicos como Thomas Sheraton o George Hepplewhite, pero lo que terminó por imponer definitivamente el gusto inglés a la decoración de los comedores de las mejores casas de Europa y América fue la publicación del Directorio del caballero y el ebanista (Gentleman and cabinetmaker's director) un catálogo que a mediados del XVIII editó y distribuyó Thomas Chippendale (1718-1779), el más popular de los fabricantes de muebles de la época. Sus piezas eran sólidas, elegantes y masculinas, hechas de caoba u oscuras maderas exóticas, ligeramente talladas combinando motivos chinos, góticos y rococós. Las patas, curvadas, apoyaban en un pie terminado en garra con bola y las sillas, de buen tamaño y excelente construcción, con un respaldo trapezoidal calado, perfecto para comer, consiguieron que casi cualquier lady inglesa deseara tener uno en su casa de campo o en la de Londres. Los comedores Chippendale se combinaban con un aparador, un trinchero y cuadros o espejos.
Keddleston Hall, Derbyshire. Diseño de Robert Adam,
con muebles de Thomas Chippendale
Por fin, ya en el XIX, apareció la mesa perfecta: ligera, extensible y cómoda. Un simple tablero  que apoyaba sobre un armazón de madera con una o dos patas centrales que, a su vez, se diversificaban en tres pies en forma de sable. A veces tenían ruedas y eran muy fáciles de manejar. Además, al carecer de cintura, cajones o de patas laterales, los comensales ganaban en espacio y libertad de movimientos.
La mesa de comedor vivió sus tiempos de gloria en el mismo momento en que las clases sociales empezaron a mezclarse. La nobleza quería rodearse de científicos, de artistas y bohemios y en los comedores se impuso el servicio a la rusa, con sus filas de criados de guantes blancos que presentaban por la derecha y retiraban por la izquierda. Las madres no dejaban que los niños se sentaran a la mesa hasta que no aprendieran unas reglas básicas de comportamiento.
A partir del mediados del siglo pasado el comedor inició una nueva e innegable retirada; fue desapareciendo como espacio independiente y volvió a acercarse a la cocina. El servicio se redujo y las enormes mesas de comedor perdieron su espacio. Aquellas cenas donde los platos se sucedían siguiendo una danza preestablecida no son ahora más que un bello recuerdo, un cuadro antiguo y olvidado, una escena de novela envuelta en un halo de romanticismo y de misterio. 

4 comentarios:

  1. Una delicia, otra vez, de artículo. Me siento especialmente interesada por este mueble que ya no llama tanto la atención por sí mismo sino por lo que lo cubre.
    Dices que "la mesa no se usaba como escritorio, los escribas ejercían su oficio en el suelo, sobre las rodillas". Hasta hace muy poco, escribía mis textos en esta postura de escriba, con mi máquina de escribir sobre una tabla de madera... :)

    Los Romanos heredan "de los griegos la costumbre de comer reclinados, rodeados de mesitas auxiliares trípodes..." ¡Vivan los griegos! Me sigue fascinando esa manera de comer... ;)

    También me llama la atención descubrir que los nómadas iniciaron la fácil costumbre de apoyar una madera sobre borriquetes, algo que se sigue haciendo tan a menudo... :)
    E ignoraba que la ley dictaminara quienes podían poseer una mesa y quienes no.
    Todo esto es demasiado apetitoso como para leerlo sólo una vez. Releo y disfruto y aprendo... El amor y la mesa están más relacionados de lo que se puede suponer.


    ¿Te he dado las gracias por este encantador párrafo de sabiduría? ;)

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  2. Claro que Chippendale no podía faltar... ;) Y está tan ligado a mi infancia... :)

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  3. Extraordinario el artículo, me encanta que sepas tanto así me pasas a mí un poquito de tu saber.Es una realidad que se está perdiendo el comedor y una pena por lo menos para mí que me gusta disfrutar de una buena comida y casi más de su sobremesa.Un beso Almudena

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  4. Me ha encantado, una vez más. ¡Qué cierto eso de "el comedor inició una nueva e innegable retirada; fue desapareciendo como espacio independiente y volvió a acercarse a la cocina."! Y eso es algo que en casa de mis padres jamás sucedió, porque mi padre no soporta comer en la cocina (de hecho mandó quitar la mesita) y siempre, siempre, desayuna, come y cena en su comedor, aunque esté solo. Es de admirar, él y sus costumbres. Espero ansiosa el artículo de mañana ;-)

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