viernes, 22 de noviembre de 2013

El arroz de las tres delicias

Banquete ofrecido por el primer ministro chino Chou-en-Lai en honor del presidente Nixon.  1972.
— ¿Por qué el cristianismo es la única religión que tiene como símbolo un instrumento de tortura?— preguntó Kublai Khan a Marco Polo hace unos ochocientos años. El comerciante veneciano quedó pensativo y suspiró. El Khan no comprendía tampoco el motivo del enfrentamiento entre las tres religiones monoteístas de Occidente (si las tres rendían culto al mismo Dios), ni por qué los cristianos adoraban a una divinidad humana y vencida, una derrota de la que, además, alardeaban repitiendo una y otra vez la imagen del crucificado. El Khan no entendía el gusto occidental por el brillo, la ostentación, la sangre o la agonía. En Asia prefieren la representación de una flor a una flor agonizante. 
Muchas eran las diferencias que separaban sus mundos. La cultura china descansa sobre el mito y el símbolo; en China todo (o casi todo) tiene una leyenda, una historia que habla de emperadores ancestrales, fuerzas de la naturaleza y animales mitológicos. Allí conviven pacíficamente desde hace milenios tres disciplinas filosóficas (taoísmo, confucionismo y budismo, fundadas respectivamente por Lao Tse, Confucio y Buda), sin que ninguna se imponga sobre las demás y sin que ninguna venere a un Dios omnipotente o castigador. Se centran, respectivamente, en la espiritualidad, la moral y la metafísica. 
Confucio
La mesa no constituye una excepción. Las primeras indicaciones sobre protocolo en este sentido aparecen en el Libro de los Ritos, el Li Ji, uno de los Cinco Clásicos recopilados, estudiados y aumentados por Confucio en el siglo VI aC . Allí se establece que durante las comidas, el vino y la sopa deben colocarse a la derecha de los invitados, mientras que los platos principales deben colocarse a la izquierda. La comida no deberá consumirse de un solo bocado sino en pequeñas porciones, y será bien masticada antes de tragar. Además, mientras se consume o se toma la sopa o la comida, no se deben hacer ruidos.
Los libros dicen que fue también Confucio quien apartó de la mesa el cuchillo, un instrumento agresivo que debía mantenerse lejos del importante y benévolo hecho de comer. El hombre honorable y correcto separa bien lejos el matadero y la cocina y no permite el uso de cuchillos en su mesa, dijo. Desde entonces, en Asia trocean los alimentos en la cocina y los platos aparecen en la mesa ya preparados, en una especie de servicio a la francesa oriental.
Aunque a la hora de sentarse, servirse o elegir los mejores pedazos se mantiene la jerarquía confucionista de la edad, en la mesa (que suele ser redonda), no hay presidencias. Todos acceden a todo gracias a unas bandejas giratorias circulares que en Occidente se conocen como Lazy Susans. Los platos aparecen preparados con la carne y las verduras en el centro y cada uno come lo que le apetece de las fuentes comunes, también la sopa. No importa que los brazos se crucen o que varios introduzcan los palillos en la misma fuente. 
Los chinos comen prácticamente cualquier cosa, entienden que todo lo que anda, corre, nada o vuela, a la cazuela. Una comida familiar se compone al menos de tres o cuatro entremeses fríos, un tazón de arroz y cuatro platos calientes. El cubierto básico consta de un tazón, un platito salsero, un par de palillos, un reposa-palillos, una taza para el té y una cuchara de base plana. El arroz no acompaña el plato caliente sino al revés: los platos calientes acompañan al arroz. Los caldos y sopas se sirven varias veces, como el agua en Occidente, y a menudo se toman con fruta. Los postres no aparecen al final, están siempre presentes para disfrutarlos en cualquier momento. 
Los pescados y los animales pequeños sí pueden aparecer enteros y se comen con palillos (o con cuchara si están en la sopa). Pero el pescado no se puede volcar, hacerlo es gesto de mala suerte. Hay que comer primero la parte a la vista y, una vez terminada, retirar la espina y terminar el fondo. El pescado sirve además para señalar al invitado de honor en un banquete, a cuyo asiento apunta su cabeza. Si se quiere declinar la responsabilidad, el invitado girará el plato de modo que la cabeza del animal señale al anfitrión.
Comida china troceada en armonía
Los alimentos se preparan siguiendo las reglas del taoísmo. Lao Tse, otro de los grandes sabios, contemporáneo de Confucio, sostiene en su libro, el Tao-Te-King, que los hombres deben aspirar a la armonía con la naturaleza. La teoría de las cinco fases dice que todos los fenómenos del universo son el resultado del movimiento y mutación de cinco elementos del cosmos: madera, fuego, tierra, metal y agua. Cada uno de ellos potencia al siguiente. Así, el fuego calienta la tierra, la tierra genera metal, el metal produce agua y el agua nutre la madera. A la inversa, la madera absorbe la tierra, la tierra absorbe agua, el agua absorbe el fuego y el fuego funde el metal. Los elementos tienen también su color: blanco, negro, verde, rojo y amarillo. Esta teoría se aplica también a la comida: los alimentos tienen a su vez cinco sabores: picante, agrio, amargo, dulce y salado; y hay cinco formas de prepararlos: hervidos, asados, al vapor, fritos o salteados. Hay productos yin, femeninos, y otros yang, masculinos. Un menú en armonía y compensado deberá tener en cuenta alimentos de los dos tipos, de cinco colores, cinco sabores y cinco preparaciones diferentes, dispuestos en platos de formas y materiales distintos.
Los alimentos troceados son una de las claves por la que una gran parte de los asiáticos comen con palillos. El Libro de los Ritos dice que ya se usaban durante la dinastía Shang (siglos XVI a XII aC). Antes, los chinos cocinaban al fuego en grandes ollas, con los alimentos pinchados en largos palos cortados de los árboles. Cuando la población creció y escaseó el combustible, hubo que crear una forma de cocinar que consumiera menos leña. Partieron los productos en pedazos pequeños que tardaban menos en hacerse y los largos palos se hicieron astillas. Nacieron así los palillos individuales que se utilizan para todo, ya sea saltear, agarrar, servir o preparar, unas varitas que Asia maneja con los tres mismos dedos de la mano derecha que Occidente usa para coger los cubiertos. 
El par de palillos más antiguo que se conserva data de la dinastía Tang (siglos VII a X dC),  cuyo último emperador, según el historiador chino Sima Qian, los utilizaba de marfil. Durante los siglos siguientes se pusieron de moda los de bronce, oro y plata. Estos últimos eran muy populares entre la aristocracia, que los usaba como detector de venenos porque pensaban que el metal se volvía negro en contacto con  arsénico o el cianuro. No es cierto, pero tiene una cierta base: los huevos, cebollas y ajos emiten sulfuro de hidrógeno, que sí cambia el color de la plata.
Servicio de mesa individual chino
Pero la ostentación no cuadra con el carácter oriental. Según el escritor chino Han Fei Zi, cuando el rey Zhou pidió palillos de marfil, Qi Zi se preocupó. Temía que en cuanto tuviera palillos de marfil no se contentaría con la vajilla de barro y querría vasos de cuerno de rinoceronte y jade; y en vez de legumbres y verduras pediría manjares exquisitos como cola de elefante y cachorros de leopardo. Difícilmente estaría dispuesto a vestir telas burdas y a vivir bajo un techo de paja, encargaría sedas y mansiones lujosas.
— Me siento inquieto. Temo el final de todo esto —, dijo Qi Zi. 
Cinco años después el rey Zhou tenía un jardín repleto de manjares, torturaba a sus súbditos con hierros candentes y se embriagaba en un lago de vino. Y así perdió su reino. 

viernes, 15 de noviembre de 2013

El pan nuestro de cada día

Pan blanco

En el año 173 aC llegaron a Roma dos panaderos griegos. Los romanos apenas comían  "pannus", la "masa blanca" de harina de trigo refinada y tamizada. Era un privilegio de las clases altas, de los que tenían cocineros propios. En las villas romanas el pannus recibía la más alta consideración; en los convites, los esclavos cum panis (con pan, de donde deriva la palabra "compañero"), dedicados sólo a llevarlo y partirlo, eran los más buscados. Pero la mayoría de los ciudadanos, el grueso de los habitantes de la península itálica, se alimentaba de pan plano de centeno o de cebada que molían y horneaban en los hogares de sus propias casas.
La llegada de los dos pistores (del latín pinsere, moler, aplastar) extranjeros supuso un  hito en la ciudad. Los griegos eran portadores de los secretos del pan, que conocían gracias a los textos de Crisipo de Tiana, Iatrocles o Ateneo.  Con trigo egipcio, Grecia había desarrollado formas, masas y recetas. Diferenciaban los cereales y sabían de los tipos de hornos, de los tiempos de fermentación y de las fases de las cocciones. Conocían los distintos cereales y la levadura, a la que llamaban spuma concreta. Con miel y queso endulzaban la masa y hacían pasteles, bollos y galletas. A veces lo enriquecían con huevos, leche o mantequilla. En Grecia los poderosos comían pan de trigo; el pueblo, de cebada; avena, los animales. Pero sólo el pan blanco, hecho de harina de trigo refinada y fermentada, era digno de los dioses.
Deméter, diosa griega del grano y las cosechas
Los dos pistores se establecieron en Roma como comerciantes libres. En sus panaderías elaboraban el panis secundarius hecho de far (harina integral), pero también el  panis candidus o mundos, el pan blanco de farina (harina tamizada y refinada). Estaba el siligineus, muy popular entre los patricios; el ostearius, que se servía con ostras en los convites; el panis picenum que contenía frutos secos y se comía mojado en leche y miel; el panis fulferus (pan del perro), muy tosco; el panis artopticius, que se clavaba en un espeto al que se le daba vueltas frente a un fuego y el clibani, que se hacía entre las brasas en un recipiente especial.
Con la apertura de las dos panaderías griegas, los romanos tuvieron acceso al pan blanco, que se popularizó muy pronto. El trigo llegó a todas las mesas y Roma aplicó sus dotes en materia de ingeniería a mejorar las técnicas de fabricación. Perfeccionaron los molinos con tracción hidráulica o animal (burros, caballos y bueyes) y popularizaron el horno de mampostería, el horno de calentamiento directo, con una cámara con un suelo, una cúpula y una entrada, que todavía hoy se conoce como "horno romano". 
En tiempos de Augusto, en el 30 aC, ya había en Roma 329 panaderías, todas ellas de pistores griegos. Se agrupaban en un collegium, un gremio regido por severas reglas que guardaba y protegía sus conocimientos (ars pistorica). Cada panadería tenía muebles, hornos, molinos, esclavos y animales. Los pistores debían mantener los secretos del oficio, casarse con mujeres del gremio y cuidar el patrimonio. Para evitar que disminuyera el número de profesionales, recibían tierras, heredades y esclavos que hacían los trabajos más duros. Las panaderías pasaban directamente a los hijos o a los sobrinos, obligados a seguir en el negocio.
El consumo de pan de trigo en el Imperio era ya tan importante que para satisfacer la demanda Roma dirigió sus conquistas hacia tierras productoras del cereal (Hispania o el norte de África). Las panaderías se convirtieron en un servicio de interés público con una función de vital importancia.  Los altos mandos del ejército tomaban lo que llamaban panis militaris, elaborado especialmente para que durara y fuese capaz de mantener la autonomía. A los legionarios les entregaban tres libras de trigo al día y ellos mismos lo trituraban en un molinillo de mano compartido por un grupo limitado de soldados. Tomaban pan con aceite o aceitunas. Con la harina hacían un bucelatum (pan con forma de anillo muy similar al actual bagel) que cocían en hornos estrategicamente colocados en lugares de paso. En algunos casos, cuando estaban en campaña, ponían la masa en un recipiente que colocaban entre las brasas de la hoguera (panis subcineraria). 
Panadería romana
Los extranjeros que habían combatido en el ejército romano se aficionaron al pan de trigo y el consumo se extendió por la Europa conquistada. El comercio se convirtió en una de los pilares de la economía romana y sobre las vías de toda Europa transitaron miles de carros llevando el preciado grano. 
Los emperadores asumieron la costumbre de regalar trigo y entradas al circo para mantener al pueblo satisfecho y alejado de la política. Sólo con trigo, el pueblo tenía la alimentación cubierta. Julio César lo mandó distribuir gratis (o casi) a doscientos mil romanos pobres. Tres siglos más tarde, Aureliano seguía repartiendo dos panes por día a trescientas mil personas. 
Las invasiones bárbaras acabaron con Roma en el siglo V. Las guerras cortaron las comunicaciones, paralizaron el comercio y gran parte del norte de Europa regresó al centeno o a la cebada.   Durante los siglos siguientes y hasta bien entrado el XIX el estatus de una familia se juzgó por la blancura de su pan. Sólo unos pocos tenían acceso al trigo y sólo los mejores molinos podían moler el grano una y otra vez, separar la cáscara de semilla y tamizar el resultado hasta conseguir un polvo suave, etéreo y tan ligero que al hincharse parece algodón; un pan que presentaban sobre un plato para preservar hasta la última miga y que nunca ha de faltar en la mesa de un señor. 


viernes, 8 de noviembre de 2013

Los tres vuelcos del cocido

Cocido madrileño
La comida de puchero es a la historia gastronómica española lo que la pasta a la italiana. En todas las épocas y en todas las zonas de la península ha existido la costumbre de cocer a fuego lento y en una misma olla carnes, legumbres y verduras. Las lentejas, las alubias y los garbanzos son la base de los potajes que se consumen en invierno. 
En época medieval, se llamaban adafainas o adafinas, palabra árabe, dafīnah, que significa tesoro oculto. Mucho y muy lento tenía que cocer la olla para que la carne se ablandara y desvelara el manjar secreto, una carne mechada tan tierna que se deshacía con cuchara de palo. Colocaban la olla de barro cerca de la chimenea, no sobre el fuego, y así, poco a poco, lentamente, cocían un plato que aguantaba mucho y mejoraba con el pasar de las horas. La adafina era perfecta para el Shabbat de los judíos. Empezaba a cocer la noche del viernes y duraba todo el día siguiente, no hacía falta cocinar, no requería ningún trabajo, el sabor era más intenso con el tiempo. 
La alimentación fue clave para identificar las distintas religiones que convivían en la España medieval. Al Ándalus era un crisol, un recipiente donde hervían los conocimientos y restricciones de las tres culturas monoteístas. Los judíos y musulmanes no comían carne de cerdo; seguían el libro del Levítico, en la Biblia, que lo considera un animal inmundo. Su adafaina era un guiso de carne de ternera, aves, legumbres y verduras. 
Olla de barro cociendo a fuego lento

Los sefardíes eran muy estrictos con la comida; el kashrut establecía reglas muy claras al respecto. Algunos alimentos eran kosher, puros. Otros no. Algunos se cocinaban o presentaban juntos, otros se comían aparte. Unos tardaban más en hacerse, otros menos. Ellos separaban carnes, verduras y garbanzos, volcando varias veces el contenido de la olla y adornaban sus platos con huevos duros partidos en cuatro. El caldo restante lo tomaban como sopa. Los musulmanes preferían machacar los garbanzos y hacer con ellos un puré parecido al hummus
Por su parte, en el Nuevo Testamento no había indicaciones gastronómicas. Jesucristo, de hecho, ni siquiera había respetado la Pascua, el Pesaj. Los cristianos comían de todo y sin restricciones ni remilgos echaban en la olla huesos, despojos, ternera, cerdo, aves, verduras y legumbres que comían en escudilla y a la vez.
A partir del reinado de los Reyes Católicos, en el siglo XV, estas diferencias en la dieta fueron clave para detectar a los cristianos nuevos, sobre todo tras la toma de Granada, la expulsión de los judíos y la aparición de la Inquisición. Muchos conversos, a los que llamaban marranos, añadían carne de cerdo a sus pucheros para reafirmar el estatus. Aparecieron el tocino, el chorizo, las puntas de jamón y, sobre todo, la morcilla, hecha de sangre de cerdo, alimento doblemente prohibido. Pero muchos seguían presentando el cocido prolijamente separado en fuentes, era la mejor manera de que todo quedara claro. Antiguos recetarios describen hasta 14 vuelcos diferentes, que incluyen todos los tipos de carne, arroz y frutos secos, como orejones y pasas.
Los reyes erradicaron las lenguas no escritas en latín y cada región y aldea puso un nombre distinto a su adafaina particular. Nadie sabe qué fue antes, el huevo o la gallina, la finalidad o la herramienta, la comida o el utensilio: el puchero, el cocido, la escudilla, el pote... El guiso aguantaba unos días, pero más tarde o más temprano las legumbres se deshacían, aparecían los hongos y la olla iniciaba un proceso de corrupción. En algunos lugares del norte de Castilla, donde se tomaban alubias como legumbre principal, lo llamaban Olla Podrida. En Francia, tradujeron el término: pot pourri. 
Cocido madrileño servido en tres vuelcos

El bisnieto de los Reyes Católicos, Felipe II, sentó la corte en Madrid, una antigua fortaleza árabe con una muralla o almudaina situada en el centro de Castilla. La villa reconquistada y la corte española unieron sus destinos y se convirtieron en Villa y Corte, la capital del imperio más grande conocido, unas tierras que abarcaban media Europa, gran parte de América y la mayoría de las islas del Pacífico, un imperio donde nunca se ponía el sol. 
Los cortesanos tenían hábitos europeos y multiplicaban en número a los del pueblo. Isabel de Valois, segunda esposa del Felipe II, amaba los refinamientos culinarios italianos y franceses, no en vano era hija de Catalina de Medici, y gustaba de los buenos asados de caza y de los experimentos gastronómicos. Pero no quería saber nada de ollas podridas ni de pupurrís.
Muy pocos podían permitirse los lujos de la reina, casi todos los madrileños comían garbanzos. Los garbanzos, los queridos gabrieles, eran humildes, duros y resistentes, pero no tenían categoría. Aunque algunos ricos y poderosos, herederos de las viejas tradiciones sefardíes, tomaran cocido en vajilla de plata y varios vuelcos; aunque los infantes, príncipes, reyes y nobles lo disfrutaran a escondidas, en privado o en escaramuzas de incógnito, aquel guiso que se hacía solo, con la única ayuda del tiempo, era comida de pobres. Además, en la mayoría de las casas y, sobre todo, en todas las tabernas, se tomaba sin ningún protocolo particular y no era especialmente agradable a la vista, una olla de barro que se volcaba dos veces a lo más. El cocido madrileño no se servía en el Alcázar. Ni siquiera más tarde, cuando en el XVIII hizo su imponente aparición el Palacio Real, los reyes quisieron verlo en su mesa.  
En 1839 un cocinero francés conocido como Emilio Lhardy abrió una pastelería/catering en la Carrera de San Jerónimo, muy cerca de la Puerta del Sol. Lhardy trajo a Madrid los aires del Segundo Imperio parisino y con su servicio y su buen hacer creció y se convirtió en el restaurante de lujo por excelencia, en un lugar con terciopelos rojos, madera tallada y dorada, suelos de tarima reluciente y salones distintos, uno decorado al gusto oriental, otro al japonés, otro blanco. En Lhardy el consomé se servía en samovar de plata y en tazas de porcelana, los camareros usaban guantes y corbata blanca. Allí las principales personalidades de las artes y las ciencias de los siglos XIX y XX, los reyes y los políticos, intercambiarían secretos, homenajes y celebraciones, abrigados por la oscura boisserie de caoba que cubría las paredes.
Uno de los salones de Lhardy
Uno de sus golpes maestros fue mejorar la presentación de la cocina popular madrileña. Lhardy ofrecía cocido en vajilla de plata y en varios vuelcos diferenciados: sopa, carnes, verduras y legumbres, mezclando las costumbres sefardíes con el más impecable servicio a la rusa. Las carnes y verduras aparecían troceadas y dispuestas, nadie tenía la impresión de estar comiendo un plato humilde o rústico, allí todo era orden y esplendor. El servicio fue la base del éxito, lo que abrió al cocido las puertas de palacio. A partir de entonces no hubo casa en Madrid que no lo pusiera, al menos, en una sopera y dos fuentes. Los madrileños entendieron que si la presentación no es todo, es mucho. Que es lo que convierte una tortilla en una fiesta y lo que hizo del cocido un manjar de reyes, un plato que se vuelca en tres servicios precisos llamados sota, caballo y rey.







viernes, 1 de noviembre de 2013

La noche de los muertos

Vanitas. Peter Claesz (Holanda, 1567-1669)

No sabemos qué pasa al morir: hay que estar muerto para saberlo. Pero los muertos no saben; están muertos, y los vivos, los que hemos disfrutado de la compañía de los que ya no están, somos mutilados, hemos perdido una parte de nuestra vida y lo sentimos como una pérdida en nuestro cuerpo porque el cuerpo es la manifestación de la vida. En un instante, 21 gramos de materia han desaparecido, se han volatilizado dejando un cadáver exánime, pálido, inmóvil. Pero, ¿qué pasa con esos 21 gramos de vida? ¿Vuelan, flotan, se desintegran? ¿Penetran en otras vidas? ¿Y qué pasa con el legado y la memoria de los que se han ido, de esos que han modificado la vida de otros en mayor o menor grado?
Todas las civilizaciones del mundo sin excepción, desde la prehistoria, del Pacífico al Índico, han dedicado una parte importante de su arte y de su esfuerzo al culto de los espíritus y a los ritos funerarios. Cada religión y cada pueblo ha contemplado la muerte con una perspectiva distinta: unas como premio, otras como castigo, otras como transición. Pero en todas ha sido siempre protagonista, porque tener consciencia de la muerte es tenerla del tiempo, del pasado y del presente;  es por un lado,  proyectar y por otro, aprender de la historia, recordar. Es ser inteligente.
Desde la Edad del Hierro hasta la llegada del Imperio Romano, la Europa que no bañaba sus costas en el Mediterráneo estuvo ocupada por los celtas. Estos pueblos se regían por el ciclo agrícola y dividían el año en dos partes: Samonios (lunación octubre-noviembre), la mitad oscura, y Giamonios (lunación abril-mayo), la mitad clara. El año comenzaba con la fiesta del Samhain, que conmemoraba el principio de Samonios. Los celtas sabían que los tiempos por llegar serían duros, que vendrían el frío y las tormentas, y creían que durante esas tres noches, durante la luna llena de noviembre, en ese único  momento del año en que los corales sueltan las esporas en el mar, entre el equinoccio de otoño y el solsticio de invierno, los espíritus y fuerzas ocultas en la naturaleza que ellos llamaban Aos Sí se hacían presentes entre los vivos. Era precisamente a ellos a quienes había que pedir una cosecha abundante o buena salud para el ganado, con ellos había que tratar, era necesario honrarlos con comida e iluminar su camino con hogueras, antorchas y velas y pedir protección.
Linterna de Jack, o simplemente pumkin (calabaza).
Cuando los romanos conquistaron a los celtas, llevaron estas celebraciones a su propio calendario y las dedicaron a Pomona, la diosa de la cosecha. Pero en el siglo IV Roma se hizo cristiana, y el culto a los dioses dejó paso al culto a los santos. Aún así, la Iglesia mantuvo la fecha  y dedicó dos días, el 1 y el 2 de noviembre, a honrar a todas las almas, a todos los difuntos y a todos los espíritus.  A fin de cuentas, había más mártires y santos que días en el calendario juliano y no podían dejar a ninguno sin venerar.
En los países anglosajones cristianos, la noche precedente al día de Todos los Santos se llamó All Hallows’ Eve, (Noche de Todos los Santos), de donde deriva la palabra Halloween. En Escocia y sobre todo en Irlanda, algunos ritos del Samhain continuaban vigentes. Seguían invocando a los espíritus para pedir fortuna e iluminando las tierras con hogueras y antorchas para abrirles el camino. Hacían ofrendas de comida y bebida y practicaban la adivinación. La Iglesia de Roma no terminaba de verlo bien,  pero hizo bastante la vista gorda; sobre todo cuando a partir de la Edad Media se popularizaron también otras costumbres mucho más inocentes a sus ojos como los aguinaldos a los mimos, personajes  disfrazados de espíritu maligno que aparecían en las casas, se sentaban a jugar a los dados en silencio y no se iban hasta recibir comida o dinero. Pero toda Europa y toda la Cristiandad bailaba durante los primeros días de noviembre la danza macabra, un coqueteo con la muerte en la que los espíritus de los difuntos cantaban Vosotros sois lo que nosotros fuimos, nosotros somos lo que vosotros seréis.  Sabían que más tarde o más temprano la dama de la guadaña llamaría a la puerta y este democrático personaje no haría distinciones entre ricos y pobres, clérigos y civiles, monstruos y bellos.
Los españoles que llegaron al Nuevo Mundo en 1492 no eran muy partidarios de las celebraciones nocturnas. Los conquistadores católicos honraban a sus muertos de día, en el cementerio, oyendo misas de réquiem, encendiendo velas o comiendo dulces como castañas asadas, buñuelos de viento, huesos de santo, pestiños o panellets. Pero los indígenas de América Central y del Norte daban una importancia enorme a sus ritos funerarios. Eran unas fiestas que duraban meses, en las que bailaban rodeados de calaveras con la diosa Mictecacíhuatl, la "Dama de la Muerte", un esqueleto vestido de mujer que un grabador mexicano, José Guadalupe Posada, rebautizaría mucho después, ya en el siglo XIX, con un nombre mucho más pronunciable:  La Catrina. Los indios se adornaban con cempasúchil, una especie de clavel de color naranja, y comían dulces de calabaza, también naranja. La calabaza ocupaba y ocupa un lugar privilegiado en la cocina americana; junto con el maíz, el frijol y el chile forma parte de la tetralogía alimenticia de México desde tiempos inmemoriales, de ella se aprovecha todo: el tallo, las guías, las flores, los frutos y las semillas.
Altar mexicano del Día de Muertos
Llevados del mismo ánimo conciliador que los romanos, los españoles trasladaron y redujeron estas grandes celebraciones a los dos primeros días de noviembre, con sus respectivas noches. Se produjo así un nuevo sincretismo que conjugó elementos de las dos civilizaciones: altares, cantos, rezos, velas, misas, cementerios y cruces, pero también comida, bebida, fiesta, música, calabazas y calaveras.  
Desde entonces, en México, los niños esperan la fiesta del Día de Muertos casi con la misma ilusión que la Navidad. Hay una noche dedicada a ellos, la del 31 de octubre, en la que vienen las almas de los "angelitos", y otra, la del 1 de noviembre, en la que llegan las de los mayores. Es una celebración alegre y dulce donde comen el bollo llamado pan de muerto, mordisquean "calacas" (calaveras) de azúcar y escriben "calaveritas", versos rimados en las que La Catrina bromea con  personajes de la vida real, aludiendo a sus debilidades y profetizando su muerte. La mayoría de los hogares coloca unos altares, unas mesas cargadas de simbolismo, dedicadas a los que ya no están, que tienen prácticamente de todo. Coronas y flores de cempasúchil, confeti de colores, velas, cruces, santos, esqueletos con sombreros y juguetes para que jueguen con ellos las almas infantiles, objetos e imágenes de los difuntos o sus platos favoritos (incluyendo bebida o tabaco), pan de muerto con distintas formas y muchas calabazas, dulces de calabaza y calabezete.
Los primeros estadounidenses no veían con buenos ojos ni los ritos de Halloween ni los ni los del Día de Muertos. Pero en el siglo XIX se produjo una llegada masiva de inmigrantes de las islas británicas y las tradiciones se mezclaron una vez más. Los niños irlandeses salían a la calle disfrazados de espíritus malignos (brujas, vampiros, diablos, zombies, fantasmas o esqueletos) y pedían "trick or treat", "truco o trato", un trato a cambio de no hacer un truco, de no lanzar un "hechizo" sobre el hogar. Además, allí las calabazas estaban muy presentes y eran perfectas para hacer lo que ellos denominaban Jack o' lanterns, linternas de Jack, una antorcha con una cara grotesca llamada así por la leyenda de un hombre demasiado malvado ir al cielo pero demasiado bueno para ir al infierno, un alma condenada a errar eternamente que aparecía en aquella noche misteriosa.
En 1921 se organizó en Minnesota el primer desfile de Halloween. Congregó  a niños de todos los orígenes y de todas las religiones y el mercado vio la ocasión perfecta para vender calabazas, organizar fiestas de disfraces y decorar altares. La sociedad de consumo y la publicidad hicieron el resto. Esa noche repiten lo que hemos sabido siempre;  hablan, y en boca de Shakespeare, entre susurros, velas y tinieblas, nos recuerdan que el pensamiento es esclavo de la vida y la vida es un pelele del tiempo. Y el tiempo, que cuida del mundo todo, ha de detenerse.
La Danza Macabra. Jacov Von Wit (1586-1619)


viernes, 25 de octubre de 2013

Los afrodisíacos de Catalina de Medici

Sandro Botticelli, El banquete de Nastagio degli Onesti (1483)
Catalina de Médici no había cumplido un año de vida cuando sus padres murieron en las pestes que asolaron la península itálica en 1519. Era hija única. Desde entonces fue una huérfana itinerante manejada por unos y otros, protegida por las más altas familias de Roma, Venecia y Florencia. Pasó la infancia en los palacios y conventos del mejor renacimiento italiano, rodeada de arte, belleza y sabiduría, una niñez solitaria, sin casa, sin padres y sin hogar, pretendida por muchos y acosada por todos, que dejó en su corazón una profunda huella y cinceló un carácter que, con el tiempo, destacaría por su tenacidad y su dureza. Pero nunca fue hermosa. Ni siquiera a los catorce años cuando, rodeada de fastos  y de pompa, vestida en encajes y diamantes, accedió a los deseos de su tío, el Papa Clemente VII y aceptó casarse con Enrique de Orleans, el segundo hijo del Rey de Francia.
El novio tenía exactamente su misma edad y no sentía ningún entusiasmo por la boda. Era un chico oscuro, tímido, traumatizado por una larga reclusión en España y no quedó tan deslumbrado como su padre, el rey, por la inteligencia, los modales, la dote y el ajuar de la novia. Para él no era más que una niña regordeta, golosa, de ojos saltones y modales extrovertidos con la que tenía que casarse.
Catalina de Medici,, por Corneille de Lyon (m. 1575)
Al contraer matrimonio, Catalina de Medici se convirtió en una Valois, una dinastía real que necesitaba herederos para continuar en el trono. La consumación del matrimonio era, por tanto, cuestión de Estado. La noche de bodas, la reina de Francia y sus damas acompañaron a Catalina a la alcoba y el rey permaneció junto al lecho, observando las peripecias de los inexpertos amantes. Al salir, declaró que ambos "habían demostrado coraje en la liza".
La pareja pasó los siguientes diez años tratando de tener un heredero. Catalina lo deseaba a toda costa, pero Enrique no ponía demasiado interés, enamorado como estaba de una mujer más atractiva y más experta, Diana de Poitiers, 19 años mayor que él. Y aunque los esposos compartían cama, no conseguían generar suficiente pasión como para hacer saltar la vida.
Con la muerte del delfín se convirtieron en delfines, con la del rey serían reyes. Pasaba el tiempo sin indicios de embarazo. Catalina, amante de la ciencia, el ocultismo, la astronomía, la física y las matemáticas, recurría a todos los conocimientos de la época para seducir a Enrique. Trataba de mejorar su escasa belleza depilándose las cejas, dilatando sus pupilas con belladona, empolvándose la cara con polvos de arroz, pintándose los labios y apretando su cintura con un estrecho corsé. Además, puso patas arriba las cocinas de Fontainebleau. Asesorada por el ejército de cocineros, reposteros y vinateros que se trajo de Italia, regalo de boda del Papa y de la más alta nobleza, organizó magníficas fiestas y banquetes. Confiaba en el poder afrodisiaco de ciertos alimentos y tomaba a menudo cosas como cardo, cebollas, cebolletas, pepinos, apio, setas y habas, pero sobre todo alcachofas (que los franceses aprendieron a cocinar al vino tinto), y espinacas, que ella prefería preparadas "a la florentina".
Catalina disfrutaba con la comida y era una maestra a la hora de recibir. Hizo de cada convite un acto político y puso todo sus esfuerzos y su buen gusto en mejorar la imagen de Francia. El siglo XVI era el siglo de las protestas, el siglo protestante y muchos viejos valores medievales se tambaleaban. Sus banquetes no eran sólo una manera de divertir a su esposo, eran una forma de impresionar y enaltecer a la monarquía. Las fiestas se prolongaban durante semanas e incluían comida, música, torneos, danza, teatro, poesía o incluso arquitecturas efímeras; palacios y naves completos, construidos en madera, admirados por los monarcas y dignatarios extranjeros. Ella trataba de combinar y poner todos los recursos a su alcance en un mismo espectáculo, la numerología y la astronomía, la mitología y ciencia, las artes mayores y menores. Como cuando sirvió sólo alimentos divisibles por tres: 33 asados de cabra, 33 liebres, 6 cerdos, 66 gallinas de caldo, 66 faisanes, 3 partidas de judías, 3 de guisantes y 12 docenas de alcachofas.
Diana de Poitiers, por Jean Capassin (1499-1566)
La delfina sentó las bases de la gastronomía francesa. Sus cocineros conocían la limonada y la naranjada; sus jardineros, las hierbas y verduras llegadas del nuevo mundo; sus vinateros, nuevos métodos de producción desconocidos y licores como el aguardiente. En las cocinas de sus palacios y castillos usaban aceite de oliva y separaban los sabores dulces y salados. Gracias a ella los franceses aprendieron a preparar pasta y platos como el pato a la naranja, la sopa de cebolla, el pollo al vino, el consomé, el faisán a las uvas, el vol-au-vent y los hojaldres. También descubrieron los helados cremosos, las esculturas de azúcar y una infinidad de golosinas y dulces.
Los franceses no tuvieron más remedio que acostumbrarse a los hábitos de la "gorda bodeguera italiana", como la llamaban algunos, porque ella pensaba que las fiestas y los bailes eran la mejor manera de mantener ocupada a la nobleza, distraída de las conspiraciones. Al llegar al palacio de Fontainebleau pidió a los cortesanos que organizaran un espectáculo distinto cada día. En su corte, damas y caballeros se sentaban juntos y utilizaban cubiertos. Su vajilla era una de las mejores del Renacimiento: fuentes y recipientes de cristal de roca tallada que se encuentran entre las joyas más admiradas del género, objetos creados para la reina a menudo ornados con camafeos y con hilos de plata y oro, centros de mesa llenos de flores. 
Pero ni su brillantez en materia de saraos, ni su amor por la comida, el arte, la música, los espectáculos y las fiestas podían hacer que concibiera un hijo. Muchos recomendaban al rey que la repudiara y el delfín no oponía resistencia. La cosa empeoró cuando una amante esporádica de Enrique dio a luz un hijo ilegítimo. La virilidad y la fertilidad del marido quedaron probadas y la posición de la joven en la corte empezó a hacer agua en serio. A punto de ser reenviada de vuelta a Italia, se postró ante el rey y, con lágrimas en los ojos, suplicó clemencia. Francisco I, que la apreciaba y en el fondo no quería más problemas, la concedió.
Catalina tomó nuevas medidas. Mandó hacer unos agujeros en la alcoba de Enrique para espiar sus encuentros con Diana de Poitiers y estudió las técnicas sexuales que la hacían irresistible. No fue una experiencia agradable, pero superó la prueba. También habló con Diana para que, por el bien de Francia, empujara a Enrique al lecho conyugal.
Anillo con esmeralda, perteneciente a Catalina de Medici
Muchos dicen que fueron sus médicos y físicos, pero lo más seguro es que fuera la propia Diana quien, movida por el deseo de humillar a su rival, aconsejó a Catalina que comiera cenizas de rana y testículos de cerdo, bebiera litros de orina de mula o pusiera estiércol de vaca y cuernos de ciervo en su "fuente de la vida", remedios que evidentemente alejaron al heredero todavía más.
Por fin, en 1544, un nuevo médico encontró algunos desarreglos en sus órganos genitales que corrigió con cirugía y le dio un par de consejos sensatos. Mas de nueve años después de la boda y tres antes de la muerte del rey, la delfina dio a luz a su primogénito, Francisco. A lo largo de los trece años siguientes, tuvo otros nueve hijos más, entre los que se cuentan tres reyes de Francia y una reina de España. Ella se convirtió en una de las mujeres más poderosas del siglo XVI y sus fiestas en "magnificencias" que pasearía por las principales ciudades de Europa. Y todo porque una vez alguien le aconsejó que confiara más en el pato a la naranja y menos en el estiércol de vaca.



viernes, 18 de octubre de 2013

El brunch de los perezosos y noctámbulos

Brunch preparado con champagne, caviar, huevos, blinis, bollos y fruta
Pocas cosas hay más desagradables que la resaca y sus síntomas: la boca pastosa, la cabeza latente, el estómago revuelto, los músculos abotargados y la sensación de malestar. El ser humano ha tratado de encontrar un remedio desde que sintió por primera las consecuencias del alcohol, muchas soluciones han corrido de boca en boca para librar al organismo de sus estragos: tomar leche antes dormir, beber un Bloody Mary al despertar, pepinillos en vinagre, Alka Seltzer... todos ellos inútiles comparados con los efectos de un largo sueño reparador seguido de uno de los mejores inventos del siglo XX: el brunch.
En la cultura occidental, la mañana del domingo ha tenido siempre una consideración distinta a las demás. Los cristianos se levantaban e iban a misa en ayunas: para comulgar –tomar el pan consagrado–, era necesario un organismo limpio de impurezas. A la salida, sobre la una de la tarde, la mayoría de los fieles comía algo que mataba el hambre, una especie de aperitivo más fuerte que el desayuno pero más ligero que el almuerzo que combinaba elementos de los dos.
En Inglaterra se perdían el desayuno. Era la mejor comida del día, no en vano se dice que para comer bien en las islas hay que desayunar tres veces. El famoso English breakfast contiene prácticamente cualquier cosa imaginable; combina alimentos calientes y fríos, dulces y salados. El más normal comienza con cereales y zumo de naranja, continúa con un plato de huevos, salchichas, bacon, alubias, tomates y champiñones y termina con tostadas con mantequilla y té o café.
Desayuno británico (English breakfast)
Preparar esta apabullante comida matinal requiere tiempo y dedicación y son dos cosas que empezaron a escasear a finales del siglo XIX. La industrialización y la paulatina incorporación de la mujer al mundo laboral exigían un cambio de hábitos. Los ingleses, poco a poco, fueron renunciando a sus esencias patrias y, por cuestiones prácticas, apostaron por el desayuno continental, es decir: café y tostadas o bollos, con una sola excepción: el domingo.
El brunch es, en realidad, una prolongación del desayuno británico, tanto en horario como en ingredientes. El primer registro escrito del término (una contracción de las palabras breakfast -desayuno- y lunch -almuerzo-) data de 1895, cuando en un articulo del Hunter’s Weekly (Semanario del cazador) titulado Brunch: A Plea (Brunch, una plegaria) el autor, un británico llamado Guy Beringer propuso una especie de colación que se sirviera a media mañana y que disfrutaran los menos madrugadores. Para Beringer, el brunch era ideal, tanto para los fieles que salían de misa, como para los cazadores de los campos o para los noctámbulos y juerguistas que querían rematar o continuar la noche anterior. Sugería que, además de café o té, se tomaran cócteles suaves.
El brunch combina toda una serie de factores que lo hacen perfecto para un domingo perezoso. Es un acto social que se disfruta en compañía, no un desayuno simple y solitario. Se puede tomar en casa o fuera, aunque lo más habitual es lo último. Permite dormir. porque empieza a partir de las 11 y contiene todo lo necesario paran aliviar un cuerpo deshidratado y dolorido: proteínas, grasas, minerales y, además, una pequeña cantidad de alcohol que actúa como medicina homeopática para las naturalezas más perjudicadas.
Brunch con queso, pescado, zumos y batidos
Al principio, sólo la alta sociedad británica y americana, (que no madrugaba) o a las clases más pobres (que no podían permitirse una comida completa), tomaban el brunch. Pero la costumbre arraigó con fuerza en América, sobre todo a partir de la primera Guerra Mundial. En los locos años veinte, los más fiesteros ya organizaban almuerzos para reconfortar el cuerpo tras una noche de excesos. Las iglesias estaban vacías y los americanos buscaban alternativas para las mañanas del domingo.
En los años 30, las estrellas de Hollywood que atravesaban América se acostumbraron a hacer parada en Chicago para tomar un desayuno fuerte. Como gran parte de los restaurantes estaban cerrados a esa hora, los hoteles acogieron con alegría a los glamourosos clientes, anunciando su brunch en los menús y escaparates. Pero las estrellas querían beber  y algunos locales de la ciudad especialmente contentos de saltarse Ley Seca, les ofrecieron algunos cócteles fáciles de disimular a primera vista. Este fue el caso de las mezclas de zumo de fruta con vino espumante (como el Mimosa o su hermano, el Bellini) y el Bloody Mary (un combinado de vodka y zumo de tomate). Eran bebidas ligeras, sofisticadas y maridaban perfectamente con la bollería y los huevos.
En el menú de un brunch cabe casi cualquier cosa. En la década de los 40, el Hotel Fifth Avenue, de Nueva York, ofrecía zumo de col, cocktail de gambas, hígado de ternera y bollos. Hoy en día se puede encontrar prácticamente de todo: ensaladas, carnes, bagels, fiambres, quesos, pastel de limón o de ricotta, tortitas, sandwiches, fritos, comida china, japonesa o mexicana. Todo es posible y todo es aceptado, aunque el plato estrella del brunch por excelencia es y serán siempre los huevos Benedict.
Huevos Benedict
Corren distintas explicaciones sobre su origen. Unos dicen que fue un tal Lemuel Benedict, un corredor de bolsa con una resaca importante, quien pidió en el lujoso Waldorf Astoria una tostada con bacon, huevos escalfados y salsa holandesa. Otros afirman que los inventó el comodoro E.C. Benedict, un banquero que murió en 1920, porque la receta aparece en un libro de un tal  Edward P. Montgomery, quien menciona que se la había enseñado su madre, quien la recibió de su hermano, que era, a su vez, amigo del comodoro. Y hay también quien cuenta que el plato se inventó en el restaurante neoyorkino Delmónico's, al que un matrimonio llamado Benedict acudía todas las semanas.
Beringer estaría encantado de saber hasta dónde ha llegado su idea desde que inventó la palabra hace ya más de un siglo. El brunch sustituye al desayuno, pero también al almuerzo, y atenúa uno de los males a los que el ser humano más ha temido desde el principio de los tiempos: la resaca. En Estados Unidos es una institución de Pascua y del día de la madre, en Nueva York la gente incluso madruga para encontrar mesa en los mejores locales. Lo hacen, pero al hacerlo, desprecian una de las reglas de oro de las mañanas de los domingos, que pierden así una de sus características más propias: la despreocupada languidez.



viernes, 11 de octubre de 2013

La cena de Trimalcio

La juventud de Baco. W. A. Bouguereau (1825-1905)
Entre todos los convites romanos, la cena de Trimalcio (Trimalción, Trimalquión o Trimalchio, según las ediciones) brilla con luz propia en la historia del exceso. Aparece a partir del capítulo 26 del Satiricón, novela de costumbres escrita por Petronio, el árbitro de los elegantes de Roma, escritor cuya existencia rebaten muchos y niegan otros. Por su temática pagana, homosexual y libertina, la obra se mantuvo oculta en cajones y bibliotecas prohibidas a lo largo de toda la Edad Media.
El anfitrión de esa cena imaginaria es Trimalcio, un antiguo esclavo al que su amo ha manumitido, liberado, tras años de servicio y lealtad. Ahora es rico, su fortuna es inagotable y posee vastísimos terrenos que cansarían las alas de un milano que las recorriese. Tantos esclavos tiene que de muchos no conoce el nombre; sus graneros y despensas acumulan víveres; el oro y las joyas llenan sus cofres, piensa comprar la isla de Sicilia. Ha mejorado sus cosechas, mezclado semillas y traído cultivos de Asia. Vive en una villa con cuatro comedores, veinte alcobas, dos pórticos de mármol y cien dormitorios para los amigos. 
A esa casa acuden Encolpio y su amante, el joven Gitón, donde se encuentran con muchos otros personajes, algunos salidos de la literatura griega, como Agamenón o Menelao y otros, como Ascilto, directamente de la imaginación del autor.   
Trimalcio presenta los entremeses en una fuente con forma de burro, fundida en bronce de Corinto, que tiene una albarda con dos pequeños vasos de plata para aceitunas verdes y negras. Arcos en forma de puente sostienen miel y frutas; hay salsas humeantes en cuencos resplandecientes, ciruelas de Siria y granos de granada. "Ay de nosotros, míseros! ¡Qué corta, frágil y deleznable es la existencia! Un paso de la tumba nos separa. ¡Vivamos, pues con el placer por lema!", exclama
La comida y las escenas alternan con las conversaciones de sociedad. Reclinados entre sedas y púrpuras, él y su veintena de convidados hablan de la fortuna de unos y de otros, de política y del estado de las cosas. Llega el turno de una cesta con una gallina de madera tallada que, con las alas abiertas y extendidas, parece empollar los huevos. A los acordes de la eterna cantilena, dos esclavos se aproximaron ,y escarbando en la paja, sacaron huevos de pava real que distribuyeron entre los convidados. [...] Sirvieron unas cucharas que no pesaban menos de media libra, y abrimos los huevos cubiertos de una ligera capa de harina que imitaba perfectamente la cáscara. [...] Me encontré con un pajarito sepultado entre yemas de huevo deshechas.
La cena de Trimalcio, en Fellini-Satyricon
La astrología sale a relucir. El anfitrión llama testarudos y farsantes a los nacidos en Aries; comilones y dominantes a los Leo, mujeres y afeminados a los Virgo. Surge de las cocinas una especie de globo en torno al cual están representados los doce signos del Zodiaco, ordenados en círculo. Encima de cada uno se habían colocado manjares que por su forma o por su naturaleza tenían alguna relación con dichas constelaciones: sobre Aries, hígado de cordero: sobre Tauro, un trozo de buey; sobre Géminis, riñones y testículos; sobre Cáncer, una corona; sobre Leo, higos de África; sobre Virgo, una matriz de marrana; encima del signo Libra, una balanza que en un lado tenía una torta y en el otro peso una galleta; sobre Escorpión, un pescado marino; sobre Sagitario, una liebre; una langosta sobre Capricornio; sobre el Acuario, una oca, y sobre Piscis, dos truchas. En el centro de este hermoso globo, un cuadrado artístico de mullido césped sostenía un rayo de miel. [...] Arrebataron la parte superior del globo y se descubrió a nuestra vista un nuevo servicio espléndido: aves asadas, una ubre de cerda y una liebre con alas en el lomo figurando el Pegaso. Cuatro sátiros en las esquinas de aquel arcón tenían en las manos unos odres por cuyas bocas salía el agua que engrosaba el estanque y formaba en él olas en las que nadaban verdaderos peces.
Eucolpio, Gitón, Trimalcio y los demás disfrutan del espectáculo intercambiando historias de viejos conocidos, críticas a los políticos y nostalgia de tiempos pasados. Llegan unos perros persiguiendo a una presa seguidos por dos esclavos que traen una fuente con un gran jabalí adornado con un gorro de liberto. De sus colmillos caían dos cestillos de palma llenos de dátiles: unos de Siria y otros de la Tebaida. Dos lechones, hechos de pasta cocida al horno, colgaban de las mamas a ambos lados del animal señalando su el sexo. [...] Un zagalón de larga barba, vestido de cazador; sacando de la cintura un cuchillo de caza, rasgó de un tajo el vientre de la bestia, escapándose de él un tropel de tordos que intentaron en vano escapar revoloteando en todas direcciones, pero que fueron atrapados al instante por los esclavos, quienes ofrecieron uno a cada convidado. 
Después se sirvió un enorme cerdo sobre una gran bandeja que cubrió gran parte de la mesa. […] El cocinero recobró su túnica, cogió un cuchillo y, con mano temblorosa, abrió por varios sitios el vientre del animal. De pronto, arrastradas por su propio peso, rastros de morcillas, longanizas y salchichas aparecieron por las aberturas, que el cocinero ensanchó más, retirándose.
Los comentarios se suceden, las bromas se cruzan. Trimalcio habla de su vientre mientras se hurga en la boca con un mondadientes de plata, seca sus manos en los cabellos de los esclavos, presume de sus bienes, describe su fortuna y detalla las flatulencias de su mujer. Ella inicia una escena de seducción con otra mientras los hombres se quejan de la naturaleza femenina. Entran dos esclavos con unas ánforas suspendidas al cuello. Cada uno de ellos golpea con su fusta el ánfora del otro y caen al suelo ostras y pececillos que un tercero recoge y reparte por la mesa. Ante un enorme ternero cocido que llevaba un casco sobre la cabeza surge el mismísimo Áyax, con la espada desenvainada, demostrando en sus gestos una locura furiosa. Corta el ternero en pedazos y los distribuye entre los maravillados comensales.
Príapo

Pasadas unas horas, cruje el techo y tiembla la sala. Se abren las cortinas y bajan del hueco coronas de oro y vasos de  alabastro llenos de perfumes. Vuelven el rostro a la mesa y la encuentran cubierta con una enorme fuente llena de pastas de diferentes formas. La más grande representa al dios Príapo, con un enorme falo erecto, símbolo del poder fructífero de la naturaleza. Llevaba una gran fuente con uvas y frutas de todas clases. Cuando extendieron una mano ávida hacia tan espléndido postre, una nueva diversión vino a reanimar su lánguida alegría. De todas aquellas pastas, de todos aquellos frutos, al más ligero contacto salieron chorros de un licor azafranado que inundaron sus rostro, dejando un ácido sabor. Persuadidos de que debían hacer algún acto religioso antes de arrebatar sus frutos a Príapo, hicieron devotamente las libaciones de costumbre y, después de desear felicidades eternas a Augusto, padre de la patria, se apresuraron a coger los sabrosos dulces y apetitosas frutas. 
La cena de Trimalcio es una de los primeras sátiras a la ostentación. Como texto clásico, carece de las elevadas disertaciones filosóficas de Platón, del dinamismo épico de Julio César o de la lucidez de Séneca. Es sólo una farragosa sucesión de descripciones y comentarios costumbristas ocurridos en la imaginación de un hombre hace más de dos mil años, la crónica de un convite en el que bebieron y comieron hasta reventar, dejándose llevar por los placeres y la risa y olvidando que el mismo placer, repetido ad infinitum, se convierte en una tortura.