viernes, 16 de agosto de 2013

La caña de España

Tomando cañas en Madrid, años 50
"¡Es la hora de emborracharse", decía Baudelaire, “para no ser esclavos martirizados por el tiempo, emborrachaos, emborrachaos sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como queráis”. Algo así debieron pensar los primeros homínidos hace unos 100.000 años cuando, al ser conscientes de las dificultades de la supervivencia, sintieron los efectos de masticar cereales fermentados. Aquel puré pronto se transformó en una bebida, en un brebaje seguro, libre de bacterias gracias al alcohol; en un líquido, además, cuyos efectos secundarios liberaban algunos resortes de la mente.
El hombre aprendió a elaborarlo y a guardarlo en grandes vasijas al mismo tiempo que a hacer pan. Las primeras recetas sumerias, en Mesopotamia, (hoy Irak), a base de dos simples ingredientes, harina y agua, datan de entre el 10.000 y 6.000 a.C. Añadiendo más harina que agua obtenían pan, y con más agua y menos harina, cerveza. Hombres y mujeres la bebían con unas largas cañas que se introducían en el líquido para evitar los residuos y los grumos.
Relieve sumerio, c. 2600 aC
El alcohol acompañó siempre al hombre occidental en sus celebraciones y en sus tristezas; su consumo estuvo muy relacionado con la vida social, la religión, la medicina y la mitología. Nacieron muchas bebidas de baja graduación como el vino o el hidromiel, los egipcios iniciaron el consumo de cerveza a gran escala, los griegos y romanos divulgaron en cultivo y consumo de la vid. A principios de la Edad Media, gracias a los alambiques, los monjes de los monasterios aprendieron destilar el alcohol y a elaborar bebidas espirituosas (preciosa palabra que etimológicamente remite al espíritu) que usaban como elixires y remedios para curar algunas enfermedades. Con el tiempo, las regiones de Europa fueron estableciendo sus preferencias. El Mediterráneo optó por el vino, cosechado en viñedos que crecían bajo el ardiente sol y fermentado en oscuras bodegas, el norte prefirió la cerveza. 
En las ciudades españolas siempre hubo más tabernas que cualquier otra cosa. La costumbre de reunirse en grupo para a tomar un chato de vino se adaptaba perfectamente el alma de un país poco hogareño, con un clima bondadoso y una tendencia social a los espacios abiertos. Desde tiempos inmemoriales intrigas, proyectos, rumores y leyes nacieron entre los muros de los mesones y las bodegas. Discutir y charlar de pie, apoyados en una barra, era menos formal que hacerlo en un mesón (aún no existía el concepto de restaurante), más barato y más divertido. A veces, en algunos locales, los taberneros colocaban una loncha de embutido o queso a modo de tapa sobre el vaso de vino para que no cayera polvo o algún insecto. Otras, era una pequeña porción de comida, parte del menú de la casa, que presentaban en un platito que apoyaban sobre el vaso. Era una cortesía, una tapa que no sólo tapaba el recipiente sino también el hambre.
Copa de jerez con una tapa
Desde el siglo XVI, los monarcas intentaron mantener separadas la comida y la bebida e incluso dictaron normas y leyes al respecto, sin mucho éxito. Muchas bodegas se transformaron en bodegones que vendían comida casera y llegaron incluso a sacarla a la calle para venderla en unos carritos que las autoridades derribaban de un puntapié. En esos "bodegones de puntapié" ofrecían despojos, entresijos, gallinejas y distintos tipos de alimentos en un concepto de negocio que entraría dentro de lo que hoy se conoce como comida rápida.
Pero el rito de ir de cañas no se generalizó hasta bien entrado en siglo XIX, momento en que aparecieron las primeras cervecerías españolas, El Águila, Mahou, La Cruz Blanca o San Miguel. Hasta entonces, al contrario que en Europa, la cerveza era considerada una bebida burguesa, escasa y sin arraigo, a pesar de los intentos de algunos monarcas por implantarla. Este fue el caso del emperador Carlos V, de origen germano, que hizo construir una cervecería en su retiro de Yuste, sin ningún éxito: aquel líquido, denso, tibio y casi opaco, no era del gusto español.
El triunfo final de la cultura de las cañas se debió a dos factores: el nacimiento del frío industrial y la llegada del turismo. Gracias al primero, la cerveza se convirtió en un atractivo refresco de verano, en competencia directa con la sangría. Era una bebida que se tomaba en tascas con un mostrador de mármol y un grifo cromado donde los vasos se hundían en una pila llena de agua en la que el tabernero manejaba unas manos enrojecidas e hinchadas. Cuando los clientes llegaban al local, el encargado preguntaba si preferían cerveza de caña (tirada directamente desde el serpentín) o de botella. La de caña brotaba de un caño brillante y lustroso y caía en un vaso cilíndrico de unos 20 cl de capacidad, casi una caña también, que rebotaba contra el mármol con un golpe seco, chorreando espuma.
Muchas de aquellas tabernas no perdieron la costumbre de ofrecer una tapa con la caña. Cada una tenía su especialidad y en las calles y plazas de las ciudades, a la hora del aperitivo, los españoles más cosmopolitas se acostumbraron a seguir una ruta alternando bares para probar distintos bocados.  
Hasta la primera mitad del siglo XX, el ir de cañas fue un ritual exclusivamente urbano: las cervecerías estaban en las grandes ciudades, en Santander, en Madrid, en Barcelona, en Bilbao y sólo allí se podía ir de barra en barra, probando cervezas y tomando tapas. Aún así, los bebedores de cerveza eran pocos y la sociedad prefería reunirse en las horchaterías, en las chocolaterías y en los cafés.
El turismo trajo aires y palabras nuevas. Se popularizó el uso del término "bar", un anglicismo que significa "barra" y que aludía a un local que vendía sólo bebidas alcohólicas; un fonema, corto y sonoro que arraigó en un país donde tomar algo en la barra era ya una tradición.  Además, por primera vez, el consumo de cerveza ser equiparó al del vino: los turistas del norte de Europa querían cerveza y el país estaba listo para satisfacer esa demanda.
Bodegas "La Ardosa", Madrid
A partir de entonces, el aperitivo en España alcanzó la categoría de deporte nacional y se convirtió en un ritual con un protocolo propio que, según las encuestas, es lo que más añoran los españoles cuando viajan. Mejoró la calidad de la cocina y se institucionalizaron unas reglas tácitas, no escritas, para ir de cañas. El número ideal de personas es un mínimo de dos y un máximo de seis. El aperitivo de toma de pie, en la barra. Las tapas se comen de un plato común. No hay que consumir más de dos tapas en el mismo local, hay que cambiar, pasear, conocer otros bares. Se trata de un ritual generoso en el que cada uno paga una ronda, a no ser que se haya acordado previamente. Hasta hace unos años, todavía existía en Madrid la costumbre de invitar a completos desconocidos que se sorprendían al comprobar que su cuenta ya estaba pagada. Y todavía hoy quedan en España caballeros a la antigua usanza que no dejan pagar a las mujeres, costumbre que el feminismo rechaza de plano y que, personalmente, considero encantadora. Sólo espero que no desaparezca.



viernes, 9 de agosto de 2013

Las fiestas de Kenilworth

Castillo de Kenilworth, en Warwickshire, Inglaterra. Escuela inglesa, S. XVII. Óleo sobre tabla
Robert Dudley quería casarse con la reina Isabel. Era una decisión seria, meditada, producto de más de tres décadas de relaciones. Se conocían desde niños, juntos habían vivido episodios trágicos, sobrevivido a varias guerras e incluso compartido prisión, la torre de Londres, durante los tiempos de María Tudor, María La Sanguinaria. Eran amantes desde hacía años y por entonces, en 1575, los dos superaban ya los cuarenta. Él ahora poseía un título, conde de Leicester, otorgado por la propia reina y era el propietario de grandes tierras y de un viejo castillo normando, Kenilworth, en Warwickshire, también regalo suyo, que estaba reformando para hacerlo digno de optar a su mano.
Dudley era un personaje peculiar. Atractivo, delgado, con unos ojos tan oscuros como sus intenciones, era el perfecto cortesano vestido con lujo, bravo duelista, hábil jugador de pelota, cazador diestro, amante del arte y buen tañedor de laúd. Gustaba, como Isabel, de la música y el teatro. Pero no era muy popular en Inglaterra. Famoso por sus líos de faldas, había estado casado casi desde la infancia con Amy Robstar, una mujer de difícil salud, que pocos años atrás se había roto el cuello al caer de la escalera de su casa. El pueblo y la corte murmuraban que había sido el propio Dudley quien había dado el empujón.
Por su parte, Isabel no quería casarse. Estaba muy cómoda así, tranquila, sin compartir el poder ni las decisiones. Sabía que no podía tener hijos y, cual Penélope, escaldada ya de los peligros del matrimonio tras haber sido testigo del triste final de cinco de las seis esposas de su padre, Enrique VIII, rechazaba uno tras otro a todos sus pretendientes, incluso al poderoso Felipe II de España, viudo ahora de su malparada hermana. Ella daba a Dudley el trato y las prebendas de un favorito y consejero real e incluso compartía con él techo en Londres, entre los muros de Whitehall, pero no se decidía a dar el paso.
Robert Dudley, conde de Leicester, por Zuccaro
Para Leicester, la perspectiva de ser rey era emocionante. La reina estaba enamorada de él, lo sabía, ella lo decía y lo demostraba colmándole de regalos y de distinciones. Pero, a veces Isabel entraba en cólera al escuchar los rumores, casi siempre ciertos, sobre su promiscuidad. Si quería conseguir su objetivo, él debería preparar un escenario en el que ella fuera incapaz de decirle que no. Dudley tendría que llevarla a su terreno, envolverla, conquistarla y transportarla a un lugar mágico, al reino de Camelot, que ella tanto evocaba, donde él ejercería de Arturo y ella, de reina Ginebra. La inauguración de Kenilworth, tras las reformas sería la ocasión perfecta. La inmensa fortaleza, enclavada en un entorno casi irreal, entre estanques, lagos, bosques y jardines se convertiría en un inmenso escenario natural donde cualquier cosa sería posible. Las fiestas, que habrían de prolongarse durante veinte días, pasarían a la historia como las más espléndidas que nadie organizara jamás.
Isabel salió de Londres a principios de julio acompañada de una corte de 31 cortesanos y 400 personas de servicio y llegó al castillo el día 9 de aquel mismo mes. Cuando ella y su séquito cruzaron el estrecho puente de madera hasta la monumental puerta de entrada, colocada entre dos recios torreones octogonales, se oyó un disparo en el cielo y el reloj del castillo se detuvo. Dudley lo había ordenado así, no debería haber audiencias, problemas, intrigas o noticias. Los cortesanos permanecieron en silencio, escuchando el sonido inquietante de los bosques cercanos. Una de las diez sibilas apareció en una isla flotante, brillando entre antorchas, envuelta en una túnica de seda blanca, recitando poesías de bienvenida. Los carruajes cruzaron la primera puerta y el mismo Hércules abrió el paso hasta la segunda, donde a Isabel le fueron entregados todo tipo de regalos de manos de los dioses. Arpas, trompetas e instrumentos musicales de  Febo, dios de la música, armas, cuchillos y dagas de manos de Marte, dios de la guerra. Joyas, oro y piedras preciosas.
Isabel I. Escuela inglesa, 1575
Ya dentro del castillo, la reina se acomodó en el nuevo pabellón, construido expresamente para ella. Su fachada, abierta por filas de amplios ventanales mirando al lago, marcaría durante los siglos siguientes las líneas del estilo isabelino. En el interior había retratos de ambos, iniciales cruzadas, ricos tapices de Flandes, mullidas alfombras orientales, muebles de sólido roble tallados hasta el último centímetro con roleos y tornapuntas, chimeneas de alabastro y cortinas de brocado.  Había incluso un enorme salón de baile para que ella pudiera disfrutar cada vez que quisiera de su entretenimiento favorito: la danza.
Los diecinueve días siguientes fueron un continuo discurrir de fiestas y diversión. En las  comidas, que cuando el tiempo lo permitía se celebraban en el jardín, se emplearon cocineros, ayudantes e incluso artistas. Tomaron pavos y piñas (ambas exóticas delicias traídas de las colonias), ovejas,  garzas,  patos, huevos, pan, mantequilla, mermelada de leche y rosas, bollos horneados, pasteles de carne y puddings con salsa de salchichas. Para los postres, Dudley había hecho fundir en metal moldes de los monumentos del castillo en miniatura, con los que hizo elaborar estatuas de azúcar, una exquisitez llegada de las Indias. El aviario era una jaula plagada de pájaros tan dulces como multicolores y la fuente central, reproducida hasta el último detalle, hacía de dulce y comestible frutero.
Pasaron la mayoría de las mañanas en el castillo, donde ella nombraba caballeros o curaba a la gente del “Mal del Rey”, con el simple gesto de posar sus manos sobre las suyas. Por las tardes había partidas de caza o bear bating, el espectáculo del oso en lucha contra los perros hasta bien entrada la noche. Un día, Isabel regresó escoltada por una procesión de antorchas que la acompañó no sin antes interpretar una obra durante el camino. Los fuegos artificiales brillaban y sonaban hasta la madrugada, en un estruendo que se escuchaba en más de veinte millas a la redonda. Una noche, ella y Dudley atravesaron el puente de madera para escuchar la música desde lejos, sentados románticamente en una barca del lago. Los domingos, asistían a misa y pasaban la tarde entre música y baile. La lista de distracciones fue infinita: hoy un acróbata italiano; mañana, la Dama del Lago blandiendo a Excalibur; al otro obras de teatro de los vecinos, hubo delfines y ninfas,  mascaradas y comedias, desfiles y paradas.
Isabel y Dudley bailando la volta. Gheeraerts, 1580.
Pero veinte días eran demasiados para Dudley, sobre todo cuando aquello no terminaba de cuajar. Las fiestas le estaban costando mil setecientas libras por jornada y la reina no se rendía. Ni las bebidas embriagadoras, ni las exquisiteces de la mesa, ni los bailes ni los juegos servían de nada, todo lo contrario: el exceso de ocio y el placer constante enervaba a Isabel, y para Dudley se estaba convirtiendo en una tortura. Él decidió precipitar los acontecimientos y jugar el peligroso juego de los celos.
No se sabe bien qué pasó. Algunos historiadores dicen que la reina encontró a su amante en brazos de Lady Douglas Sheffield, otros que la culpable fue Lettice Knollys, esposa del Conde de Essex. El caso es que a los diecinueve días de su llegada, antes del final oficial de las fiestas, el 27 de julio, Isabel I abandonó a toda prisa el castillo de Kenilworth y regresó a Whitehall decidida a olvidarle. Al año siguiente Lettice Knollys quedó viuda de Essex y los amantes, tras dejar pasar los dos años de luto reglamentario, se casaron en 1578, en una ceremonia privadísima en la que ella llevó un vestido ancho que demostraba su evidente embarazo.
Isabel nunca le perdonó. Alejó a los esposos de Whitehall y retiró sus favores a Dudley, al que sustituyó por el hijastro de éste, el segundo conde de Essex, treinta años más joven que él. Leicester moriría una década después en la bancarrota, vencedor de la armada española pero vencido por una soberana, odiado por los ingleses y alejado de la corte y de ella, demasiado mujer para no sentirse herida pero demasiado reina para demostrarlo. Porque, como un niño de 11 años llamado William Shakespeare, testigo local de los fastos de Kenilworth, escribiría décadas más tarde en el El sueño de una noche de verano, "son las cruces habituales del amor el ensimismamiento, la ilusión, los suspiros, los deseos y las lágrimas, triste séquito de la fantasía". 


viernes, 2 de agosto de 2013

Los dos filos del cuchillo

Cuchillo abrecartas. Oro, brillantes, turquesa, esmalte. Carl Fabergé, Rusia, S. XIX

El consumo de carne fue esencial para que el mono se hiciera inteligente y hombre. Pero la carne, que cambiaría la morfología del cerebro y de los dientes, debía ser cazada y para eso hacía falta trabajar en grupo, colaborar. Desgarrarla y repartirla. En aquel proceso inicial de la sociedad y la comunicación, tuvo un papel protagonista una herramienta pequeña pero fundamental: el cuchillo.
Hace unos dos millones de años, en el Paleolítico, el Homo Habilis usaba una punta muy afilada para despellejar y despedazar la caza. Su herramienta era de silex, cristal de roca, obsidiana o vidrio de los volcanes, y la afilaba lanzándola contra el suelo o golpeándola con otras piedras. Las chispas saltaban por el roce, el homínido se agitaba, pero debía continuar. La punta tenía dos filos y una arista central y el corte era tan fino y la talla tan perfecta que parecía imposible que  hubiera sido hecha mediante golpes secos. Con fibras vegetales, el Homo Habilis ató su punta de piedra a un palo y se hizo un mango.
Cuchillos. Cristal de roca, marfil. Sevilla, 2500-2100 aD
Uno de los primeros objetos, si no el primero, que el Homo Sapiens fundió en metal fue un cuchillo. Se hicieron de cobre, de bronce y de hierro, en crisoles de arcilla, sobre un fuego de carbón. Cuando el hierro absorbía demasiado tiempo el gas del carbón, el carbono, a veces -sólo a veces- surgía un metal más dúctil y brillante, el acero, que ya los antiguos del Mediterráneo aprendieron a diferenciar pero no a elaborar.
La distinción de materiales para la hoja de un cuchillo en función del uso siempre fue omnipresente. Algunos alimentos perdían su gusto o se pudrían contagiados por el sabor del metal, y nacieron las palas especiales de hueso, de nácar o de marfil para cortar o tomar determinadas cosas. El cuchillo era también el protagonista de los sacrificios rituales. Con un cuchillo Abraham mató un cordero, el mismo que habría utilizado de haber tenido que obedecer a Dios y sacrificar a su propio hijo. En todas las civilizaciones, el cuchillo de sacrificios tenía siempre un mango recio y una hoja corta y de piedra, sin las impurezas del metal, era un cuchillo simple, básico, rudimentario, una alegoría de lo fácil que resulta el hecho de destruir, de acabar con una vida, para lo que basta tan sólo la intención..
Los egipcios usaron cuchillos de acero en la medicina y en los embalsamamientos. Los griegos llevaron cuchillos como protección y herramienta. Y en las mesas romanas un esclavo se encargaba de cortar la comida con un cuchillo para que, reclinados sobre el brazo izquierdo, los convidados comieran tumbados, sin hacer esfuerzos más allá de utilizar los tres primeros dedos de la mano derecha.
En Roma era habitual llevar siempre una daca, una daga, que cada ciudadano portaba como muestra de determinación y de coraje. Era un icono de poder y de fuerza, pero también un utensilio práctico y multifuncional que tallaba la madera, hacía inscripciones en la piedra y facilitaba el aseo personal. Se usaban cuchillos en la casa, en el mercado y en la guerra.  Veintitrés puñaladas recibió Julio César cuando fue asesinado en el senado de Roma.
Cuando aquel imperio cayó bajo las invasiones bárbaras, Europa se hundió en las guerras contra los musulmanes, contra los bárbaros y contra sí misma. En ese escenario, el cuchillo siguió siendo esencial, en la cintura o en el bolsillo, como un arma destructora, defensiva y de ataque. A punto estuvo de olvidar sus cualidades como herramienta creadora. Pero los artesanos de la madera y el hierro, los alquimistas, los escritores y los pintores seguían utilizando cuchillos, la herramienta que los había hecho inteligentes.
Cuchillo de sacrificios
A principios de la Edad Media, ya había ciudades especializadas en templar y forjar el acero.  En Toledo, una vieja ciudad castellana, los maestros armeros aprendieron de los caballeros templarios, guardianes del templo de Jerusalén, los secretos del acero de Damasco, aquel que partía la seda en el aire y que no se alteraba ni siquiera al ser golpeado contra una roca. Según un manuscrito encontrado en las ruinas de Tiro, el acero de Damasco se enfriaba ensartándolo al rojo vivo en el cuerpo de un esclavo etíope y probando su filo cortando de un sólo tajo la cabeza de aquel pobre infeliz. Siguiendo aquella tradición, durante las primeras cruzadas de lucha con los musulmanes, un armero toledano ensartó a un enemigo en una espada todavía caliente. Cuando el metal se enfrió, el armero extrajo la hoja del cuerpo inánime y aquel arma, templada con sangre humana, se convirtió en un mito. Todos los caballeros deseaban una igual, una espada forjada con la sangre del infiel.
Durante los siglos siguientes, los armeros toledanos continuaron templando con sangre el acero de sus espadas, sustituyendo, eso sí, a los enemigos por cerdos. Sus piezas se hicieron famosas en toda la Cristiandad y fueron buscadas por nobles y guerreros y deseadas por ricos y poderosos. Eran flexibles y casi inalterables, tenían el alma de hierro y la piel de acero. Era tan maleables que se doblaban en una curva perfecta, tan ligeras que se podían trazar con ellas dibujos en el aire, tan brillantes que parecía alumbrar en la oscuridad. Las primeras hojas seguían vagamente los modelos orientales, eran curvas, y tenían un solo filo,  una forma tomada de los cuchillos y espadas musulmanes, que preferían hacer sus armas en forma de media luna mientras los cristianos optaban por la simetría ortogonal de la cruz. 
Réplica de espada templaria. Acero toledano, oro.
En aquella Toledo de las tres culturas, los armeros aprendieron también el arte de embutir finísimos hilos de oro y plata en otros metales, en un proceso que se llamó damasquinado. Aquella técnica decorativa, en la que el dorado brillaba sobre el negro haciendo volutas y arabescos, se siguió practicando a lo largo del tiempo y todavía hoy es la característica más evidente de los trabajos toledanos en metal.
El cuchillo apareció en la mesa en el momento en que alguien puso la mesa por primera vez. Con él cortaban los alimentos, pinchaban los trozos, pelaban las frutas y llevaban la comida a la boca. Cada uno usaba el suyo, mejores para los ricos, peores para los pobres. A partir del siglo XIV, con el auge de la cuchillería, hubo muchas variaciones en la forma. Aparecieron los primeros juegos de cubiertos personales, de uno, dos o tres piezas, que se popularizarían sobre todo a partir del Renacimiento porque hasta finales del siglo XVI el cuchillo mantuvo una doble utilidad: cuchillo y tenedor. Hubo cuchillos con el mango de oro, cuajados de piedras preciosas, afiladísimos y mortales. Los hicieron de todo tipo y con las formas y nombres más diversos; con empuñaduras historiadas, con relieves artísticos marcados o con adornos de pedrería. De hecho, su uso llegó a ser tan habitual como arma que, en España, los reyes borbones lo prohibieron al pueblo.
Cuchillo de marfil y acero. Francia, S. XIX
En el barroco, el cuchillo de mesa asumió la forma que conocemos hoy: una hoja de acero de un solo filo, la punta redonda, un mango más corto y un diseño más estilizado. Parece ser que fue el Cardenal Richelieu quien, a mediados del XVII, cansado de que sus invitados usaran el cuchillo como mondadientes o limpiauñas, mandó redondear las puntas.
Al siglo siguiente ya había cuchillos y navajas de todo tipo, para cualquier cosa, con fines concretos y específicos. Los hombres llevaban el suyo sujeto a la cintura y las mujeres hacían lo propio en el bolso, junto a un alfiletero y unas tijeras. Se hicieron ex-professo para cortar distintos alimentos: de sierra para el pan, lisos para la carne. Nació la pala de pescado, sin afilar y terminada en punta, que separaba los bocados sin desmenuzarlos.  Y el cuchillo frutero, con la hoja cubierta con láminas de marfil u oro para no traspasar a los alimentos el sabor ingrato del metal oxidado.
En el XIX, los cubiertos dejaron de ser artesanales y la producción se puso en manos de las máquinas. Las cuberterías completas, de plata, alpaca u otros metales, fueron el regalo imprescindible en cualquier boda e incluían todo tipo de cuchillos: de ensalada, de mantequilla, de queso. Eran cuchillos de punta redonda, herramientas útiles que olvidaban su potencia mortal para convertirse en algo parecido a una simple espátula, delicada y útil, en un utensilio bueno y práctico, el mismo que cortaba el cordón umbilical para dar paso a la vida.    
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viernes, 26 de julio de 2013

De picnics, romerías y comidas campestres

Almuerzo en la hierba, Eduard Manet, 1863
Muchas veces la mesa es el suelo, a menudo protegido por una manta o un mantel. El techo, el firmamento. La pared, el horizonte. No hay sillas, formalismos ni prisas; la gente se sienta o come reclinada como en los tiempos antiguos. Llevan comida y bebida en cestas, mochilas o neveras. Cada uno aporta algo, unos de beber, otros de picar. Es una fiesta común, una salida al aire libre donde todos participan del almuerzo, la charla y la diversión. 
El hombre probablemente comió bajo el cielo mucho antes de hacerlo bajo techo. Lo más seguro es que las perdices y el maná que el Todopoderoso envió a su pueblo durante los cuarenta años de travesía por el desierto fueran degustados bajo los rayos abrasadores del sol mediterráneo. También los griegos hacían algo similar a un picnic que llamaban “eranos”, una comida sin anfitrión donde cada comensal aportaba alguna cosa. Y Virgilio describe bien, en sus Bucólicas, los almuerzos campestres de los pastores de su Arcadia feliz. 
Fue antes el suelo que la mesa. En la Edad Media apenas había mesas, ni siquiera en las fortalezas de los nobles, los escasos banquetes se celebraban en el gran salón del castillo y hasta el siglo XVIII, poner la mesa significaba, literalmente, instalarla, colocar un tablero sobre dos borriquetas y vestirla. Era así como se celebraban también las reuniones de caza, el antecedente más directo del picnic, según muestra Gastón de Foix en su Libro de Caza,  escrito en 1387. La noche anterior el noble se citaba con sus cazadores, caballerizos y lacayos en un claro cercano con buena sombra, cerca de un lago o de un arroyo, y asignaba las tareas para el amanecer. Así, elegantemente vestidos y dispuestos,  todos comían y bebían al son de la música de una flauta o un caramillo, con los perros cerca de una poza para que pudieran beber, y los caballos listos, esperando que comenzara el juego.
 La reunión de caza, miniatura de ,Gastón de Foix, 1387
Con el transcurrir de los años los ricos y poderosos apreciaron cada vez más estas escapadas de las comidas formales para concederse unos momentos de relax y asueto en los bosques. A partir del Renacimiento se hicieron más habituales y los días de campo, siempre con carrozas y sirvientes, se convirtieron en una buena opción para los que buscaban privacidad y, sobre todo, en una alternativa a la rígida etiqueta de palacio. 
En la corte de Madrid, los reyes mandaban traer la comida de algún mesón, fonda, figón o bodegón para sus escapadas a El Pardo, Colmenarejo o La Zarzuela. Quedó así establecido el nombre de "comida de bodegón" para hacer referencia a un menú que unas veces comprendía colaciones completas de varios platos como la olla podrida (el precedente del cocido), y otras, alimentos más simples: pan, vino, queso,  melón, pérsigos de Genova, ciruelas, limones, bizcochos, rosquillas de yema o huevos duros. Y, siempre, una arroba de nieve para hacer bebidas frías.
El pueblo llano también comía al exterior. Para eso estaban las romerías, peregrinaciones populares de uno o varios días a un santuario o a una ermita, fiestas en las que bebían y bailaban: nada de procesiones de penitentes o de paseos devocionales, el culto a las imágenes servía para organizar un gran sarao popular: "Romería cerca, mucho vino y poca cera", decía el refrán.
En 1692 la expresión pique–nique (pronunciada pic-nic) apareció escrita por primera vez. El término francés, que  provenía del verbo piquer (picar) y de nique (algo pequeño, de poca importancia, nimio) fue usado por Tony Willis, en sus Origines de la Langue Française para describir a un grupo de gente que comía en un restaurante llevando su propio vino. Casi al mismo tiempo, Gilles Ménage definía el pique-nique como una comida en la que cada comensal hacía su aportación. Pero fue verdaderamente a partir del XVIII cuando el picnic se convirtió en una exquisitez que la aristocracia se encargó de presentar idealizada. El regreso a la naturaleza promovido por Jean-Jacques Rousseau era perfecto para que la nobleza comiera sobre la hierba. María Antonieta, una de las reinas más aborrecidas de la historia, hizo lo propio con sus amigos en los prados de alrededor del Petit Trianon, de Versalles o en los jardines del castillo de Rambouillet, tratando de hacerse pasar por la pastorcilla que decía que quería ser.
La romería de San Isidro. Goya, 1823
Con la Revolución, la mayoría de los parques y jardines de los reales sitios y palacios abrieron al público. Muchos de los usos y costumbres de los nobles fueron asumidos por la ahora poderosa burguesía y el picnic  se popularizó como tal, sobre todo en Inglaterra. Algunos de los más famosos artistas del XIX, escritores como Zola o Dickens y pintores como Manet o Renoir reflejarían esos bucólicos momentos en sus obras. Nacieron las cestas de picnic, o picnic hampers, concebidas como simples valijas de viaje que se entregaban en las tabernas y posadas a los pasajeros para que continuaran camino. En el Reino Unido pronto fueron imprescindibles, y se realizaron auténticas obras de arte, con vajillas de porcelana finísima, cristalerías talladas y cubiertos de plata repujada. Algunas casas especializadas en comida para llevar, como la célebre Fortnum & Mason, de Londres, las alquilaban completas y atiborradas de manjares para el publico de los derbys o las carreras.
Lo que contenían estas apetecibles maletas variaba en función del lugar.  En Inglaterra preferían huevos escoceses, pastas, sandwiches de pepino, pastel de cerdo, tarta Battemberg, scones, quiche Lorraine y quesos. En Francia, queso, pan y vino. En España, pan, embutidos, tortilla de patatas, carne empanada, ensalada y fruta. Los enamorados más ricos de todo el mundo exigían langosta fría y champagne. Pero en ninguna de esas cestas faltaba el mantel Vichy, a cuadros rojos y blancos,  siempre sinónimo de una comida rústica e informal.
A lo largo de los siglo XIX y XX el sentido de la palabra picnic cambió, pasando de ser una comida traída por muchos para convertirse, simplemente en un día de campo. El término se conoce en todo el planeta y se entiende casi en cualquier idioma. El mundo entero lo pronuncia cada vez que planea un excursión a un sitio especial, con alguien cercano,  lejos de los restaurantes y del humo. Pero a día de hoy la Academia de la Lengua Española no ha reconocido la palabra. ¿Alguien me podría explicar por qué?

viernes, 19 de julio de 2013

El carrito del helado

Carrito de helados, USA, ppios siglo XX
Ya no hay. Ya no quedan. Llegaban a mediados de primavera, salpicando las plazas, calles y parques con sus característicos colores, anunciándose a gritos o a golpe de campana. Dos conos de metal reluciente coronaban una caja de madera cerrada que avanzaba sobre ruedas y escondía sabores refrescantes y misteriosos. El heladero, vestido de blanco, levantaba aquellas tapas, introducía un brazo en su interior y tomaba una curiosa herramienta de metal que sumergía en agua antes de sacar el sabor deseado. Las narices de los niños se inclinaban siempre sobre aquel redondel oscuro que almacenaba frascos metálicos envueltos en el frío. Había helados de todas clases: los cortes, una barra rectangular que se partía en porciones cuadradas, marcadas por unas finísimas incisiones en el bloque, se tomaban entre dos obleas de crujiente barquillo. Los cucuruchos, que la hábil mano del heladero adornaba con apetitosas bolas, eran perfectos para llevarlos en la mano. También había polos de limón, de naranja o de fresa. El fondo de aquel cajón cobijaba infinitos secretos y delicias.
Antiguos utensilios para servir helados
Parece ser que aquellos carritos eran herederos indirectos de otros que, ya en el siglo XIII deambulaban por las calles de Pekín. Allí se consumía helado desde siempre,  hay quien afirma que desde hace unos 4000 años, elaborado con una masa mantecada de arroz muy cocido, leche y especias que colocaban en la nieve para que solidificara. Los chinos preparaban también sorbetes de fruta helada a base de zumo y pulpa mezclados con nieve. Pero también en Asia Menor tomaban bebidas y alimentos refrescantes desde antes de la era cristiana. La Biblia cuenta cómo el Rey Salomón estaba a la espera de una noticia que era para él como “el refresco de la nieve en los días de las cosechas”.
Los griegos aprendieron a fabricar una especie de hielo llevando el agua a hervir, volcándola en recipientes cubiertos con paños húmedos y depositándola aún caliente en cuevas o refugios subterráneos construidos hasta treinta metros bajo tierra donde el vapor se enfriaba sobre las rocas transformándose en una especie de hielo. Estas “neviere”, muy comunes ya en tiempos de Alejandro Magno, se usaban además para conservar alimentos como mantequilla o queso. El propio militar macedonio, en sus largas campañas de verano, consumía nieve mezclada con miel y zumos de fruta.
Los romanos aprendieron y mejoraron el proceso de los griegos. Traían hielo de los Apeninos, del Vesuvio o del Etna, donde era más duro y compacto, y lo transportaban protegido con paja o corcho para almacenarlo en hileras. En todo el Mediterráneo y Asia Menor, (Turquía, Túnez, Italia, España) hay ejemplos de estos almacenes. Tanta era la reverencia que en Roma se tenía por el hielo que en Sicilia apareció un templo dedicado a la nieve y a su venta. Y hay referencias a estas bebidas frías en los textos de Plinio El Viejo, Juvenal, Marcial o el general Quinto Flavio Máximo.
Nevera subterránea
El consumo de helados y refrescos en Europa desapareció durante los años de oscuridad, hasta que volvió a ponerse de moda gracias a un elemento nuevo incorporado por los musulmanes: el azúcar de caña. El sorbete más sofisticado era el de agua de jazmín, pero los más comunes se elaboraban con zumo de limón, naranja o pistacho. De hecho, la palabra "sorbete" deriva del árabe “sherbet" (dulce nieve).
Sin embargo, el escaso hielo que podía encontrarse era delicado de hacer, sucio, frágil y estaba plagado de impurezas. Parece ser que fue Marco Polo quien, a su vuelta de Oriente en el siglo XIII explicó que en China conseguían elevar la temperatura de congelación del agua gracias a la sal. Otros dicen que el descubrimiento se debió a Blasius Villafranca, un médico español que vivió en Roma a mediados del siglo XVI. Hay quien afirma que fueron los portugueses los introductores del sistema, aprendido en las Indias Orientales. El caso es que en el Renacimeinto los helados ya eran habituales en las mesas de los ricos y poderosos de Italia, los únicos que tenían acceso a las neveras y a la sal, un condimento precioso y caro.
En esa época destacaron los nombres de los dos primeros grandes heladeros de la historia, dos investigadores multidisciplinares que trabajaron en la Florencia de los Medici: Bernardo Buontalenti y Cosme Ruggieri. Los dos recuperaron algunas de las recetas de los antiguos romanos y aportaron innovaciones propias, como la yema de huevo o la nata. Los exquisitos postres de Buontalenti a base de fruta y "zabaione" (una crema con yemas de huevo y licor) realizados para los banquetes florentinos tuvieron tanto éxito que dieron origen a la famosa "crema florentina" y al "helado Buontalenti" que todavía hoy se puede degustar en las mejores heladerías de Florencia.
Por su parte, Cosme Ruggieri fue el vencedor del concurso organizado en la corte medicea con tema "el plato más singular que se hubiere nunca visto", certamen que ganó gracias a un exquisito helado. Su pericia fue tan grande que la joven Catalina de Medici, esposa del futuro Rey de Francia, Enrique de Orleans, lo llevó consigo a Francia como parte del séquito que habría de acompañarla a la corte. Durante los fastos nupciales, en Marsella, que se prolongaron durante un mes, Ruggeri dio a conocer su "hielo al agua perfumada con azúcar" y creó un tipo de helado distinto para cada día. Pero cuando los italianos llegaron al castillo de Fontainebleau las cosas fueron distintas. Los cocineros y reposteros del país galo, recelosos de las invenciones y la fama de Ruggieri, le hicieron víctima de tantas trampas y zancadillas que él, desencantado de las consecuencias del éxito, envió su receta a la reina Catalina con un último mensaje de despedida explicando que abandonaba aquel mundo que lo había convertido en objetivo de semejantes hostilidades. Catalina divulgó la fórmula y la receta del helado mantecoso se difundió por Francia.
Vendedor de sorbetes. Grabado italiano, ff S. XVIII
A mediados del XVII en la mayoría de los banquetes importantes de las cortes europeas se servían postres fríos y en 1686 abrió en París, frente al antiguo teatro de la Comedia Francesa, la primera heladería pública, el Café Procope, todavía en pie. El propietario, un siciliano llamado Francesco Procopio Coltelli, tenía licencia real del propio Luís XIV para la elaborar aguas heladas y cremas frías. La popularidad de su local creció tan rápidamente que pronto hubo locales parecidos en otros lugares de Francia, Austria, Inglaterra y Escocia. 
Los dueños de las heladerías no tardaron en darse cuenta de las ventajas de vender sus productos de forma ambulante en los parques, las plazas y las esquinas. Las mujeres elaboraban los helados en los obradores y los maridos se encargaban de llevarlos en carritos, envueltos en hielo, a los puntos más transitados de las ciudades y los pueblos. Al principio se vendían en conchas o en vasos, pero con el tiempo aparecieron las obleas de barquillo, de distintas formas y tamaños. Aquellos primeros carritos, de tracción humana o animal, eran conocidos en la Inglaterra victoriana como Hokey Pokeys, expresión derivada de las frases “ecco un poco” u “oh, che poco” que los heladeros, generalmente italianos, expresaban cada vez que servían uno. Con el desarrollo de la industria del hielo y del automóvil, los vehículos a tracción se motorizaron y se convirtieron en un componente habitual de los veranos de todo el mundo.
Carrito de helados, Nueva York, años 50.
En la España de principios del siglo pasado, los heladeros pujaban por quedarse con los mejores puntos de venta de las ciudades; los que no los conseguían iban a los pueblos a hacer el verano. Pero llegó la industria y a los heladeros artesanos les resultó difícil competir con las grandes marcas que se hicieron con los mejores sitios fijos de las calles, parques y plazas. Ahora, en España ya no quedan carritos de helados. Los gastos son tan altos, los costes de infraestructura, autónomos, licencias municipales, permisos de sanidad y de comercio son tantos que cualquier margen de beneficios, por pequeño que sea, desaparece enterrado entre los infinitos costes. El monopolio de la venta ambulante de helados está en manos de las grandes compañías que someten al público a sus experimentos con formas y sabores, tan distintos que, a veces, resulta imposible encontrar un sencillo polo de limón. 


viernes, 12 de julio de 2013

El chiringuito

El primer chiringuito de España, en Sitges.
El periodista César González-Ruano llegó a Sitges en 1943. Regresaba de una Europa en guerra, que llevaba cuatro años matándose, y encontró un país miserable en el que todavía humeaban las bombas de su propio conflicto. Aún así, Sitges, un pequeño pueblo de la costa de Barcelona, era en aquellos días más tranquilo que París o Berlín.
Ruano se instaló en una agradable casa de dos pisos de una calle céntrica e importante, a pocos pasos de la playa. Allí había “un café extraño sobre la misma arena, como un pabellón de cristales donde me pareció que podía escribir cada mañana”, uno de esos merenderos acristalados que ofrecían pescado fresco, comida casera y unas pocas bebidas. Todos los días, sobre las diez, el escritor llegaba al local con los ojos semicerrados, luchando contra los estragos del alcohol del día anterior y pedía un café y un coñac. Se sentaba frente al mar ante una mesa de azulejos y escribía. Jamás redactó una sola línea entre la rigidez de un despacho, iba de vez en cuando a Barcelona a cobrar o a hablar con los periódicos o las editoriales, pero la mayor parte del tiempo lo pasaba en aquel kiosko dedicado a escribir y a beber. Tal era el temblor de su pulso generado por los efluvios etílicos que a veces tenía que sujetarse la mano derecha con la izquierda para conseguir unos trazos más o menos firmes. Sobre la una, llegaban algunos amigos para hacer tertulia, escritores o pintores locales, acompañados por el médico del lugar, el doctor Benaprés.
Desde allí y durante los cinco años siguientes, Ruano envió sus textos semanales a La Vanguardia o al semanario Destino. Rodeado de aquel azul inmenso terminó todo tipo de escritos, artículos, poemas e incluso varios libros. Sus lectores se fueron acostumbrando a sus divagaciones en aquel merendero y a utilizar algunas de sus expresiones. 
Espetos de sardinas
"El kiosket", así se llamaba el lugar, tenía un encanto auténtico. Era una construcción rudimentaria, como tantas otras de las que salpicaban la costa española, esas que derivaban de los rústicos chamizos construidos con cuatro palos y un techo de cañas que, desde tiempos inmemoriales, hacían los pescadores a la orilla del mar para, de madrugada, asar unas sardinas y matar el hambre tras una larga noche de faena. Los pescadores pinchaban los pescados en un palo y, sobre un bancal, hacían una hoguera con leña de almendro, una madera que daba buen ascua y ardía con facilidad. Allí, resguardados del viento y del frío por la protección de las cañas, las sardinas se iban haciendo lentamente mientras despedían un olor inconfundible.
El olor era intenso, pero atrayente. A veces, los vecinos más madrugadores se acercaban a las hogueras para comprar aquellos sabrosos espetos recién asados, era un atractivo más de la costa y del verano: sentarse junto a los pescadores y disfrutar del pescado fresco antes que apretara el calor. Cuando los visitantes y forasteros llevaban su propia comida, los propietarios de los chamizos les ofrecían también una mesa en la que comer sentados.
A mediados del siglo pasado ya vendían también bebidas. Entre las más demandadas estaba la gaseosa Sanitex, que mezclada con vino, hielo y una rodaja de limón, se convirtió en la pariente pobre de un cóctel típico español, la sangría, que se popularizó en la costa con el nombre de "tinto de verano". 
Tinto de verano
Los chambaos, como los llamaban en Andalucía, se montaban al empezar el verano y se desmontaban en otoño. En algunas partes, sobre todo en el norte, tuvieron que construir sobre la arena plataformas de cemento con cerramientos de cristal para poder abrir al público cuando el clima fuera desfavorable. Se transformaron así en unos merenderos característicos con una oferta gastronómica propia, a base de platos que pudieran cocinarse al aire libre elaborados con materias primas fresquísimas.
La carta era tan diversa como los lugares en los que se encontraban, pero todos echaban mano de sus productos típicos: Cataluña se especializó en  combinar carne y pescado y creó platos como el pollo con langostinos o el conejo con gambas; Levante se decantó por los arroces y las pastas de los que surgieron las paellas y los fideos a la cazuela. El pescado guisado se denominaba de una manera distinta según el lugar: suquet, bullit, o caldereta. Andalucía prefería el pescaíto frito, pero siempre había otras cosas, muchos productos del mar como almejas, coquinas, mejillones, conchas finas, gambas,  salmonetes, salmonetitos, chanquetes chinos,  boquerones, calamares, calamaritos,  puntillitas, adobo, o pescados más grandes como la rosada o el mero.
Aquellos merenderos no ofrecían ningún lujo más allá de la cercanía del mar y una comida recién hecha. La gente llegaba de la playa y devoraba las sardinas con la mano, como los pescadores, de forma espontánea y natural. Casi nunca había servicio, eran los propios clientes los que se acercaban a la barra y llevaban los platos y las bebidas a una mesa desnuda sin mantel. Nada de florituras, copas o palas de pescado, tampoco hacía falta reservar. La gente, bullanguera, esperaba de pie que las mesas quedaran libres y todos hablaban a gritos tratando de hacerse oír.  
Placa a González Ruano en Sitges

“El kiosket” ya tenía treinta años cuando Ruano llegó a Sitges, era el lugar de reunión de los indianos más pobres, de aquellos que habían hecho las Américas sin ganar lo suficiente para erigirse una mansión afrancesada con un jardín y una palmera. Ruano les escuchaba cada día utilizar una viejo término antillano, pedir un "chiringuito", para referirse al café de puchero, y el sonido de la palabra le gustó. De vez en cuando, en sus artículos, hablaba de sus andanzas frente a su propio chiringuito con su mar y su coñac. Tanto lo repetía  que sus lectores se familiarizaron con el vocablo y pronto toda España lo hizo suyo para hacer referencia al bar que había sobre la playa.  Hasta el propio "Kiosket" tuvo que cambiar su nombre. Era un sonido demasiado bonito, una palabra demasiado saltarina e infantil como para pasar desapercibida, un fonema que, una vez emitido, siempre evocaba unas imágenes preciosas y soleadas, el recuerdo amable de la sensación de libertad.

jueves, 4 de julio de 2013

A la luz de las velas

Mesa preparada con candelabros
El hombre dominaba el fuego, que le proporcionaba luz y calor. Al llegar la noche, cuando el sol dejaba a la luna el protagonismo en el cielo, las llamas iluminaban los espacios y calentaban los alimentos. El fuego era una energía sagrada, tan poderosa que fundía los metales y creaba otros nuevos, capaz de convertir la madera en carbón y la harina en pan. Era, con su compañero el aire, uno de los dos elementos masculinos del cosmos; potentes y vigorosas fuerzas nacidas para atraer y compensar la abundancia de la tierra y el abrazo del agua, los dos elementos femeninos. El fuego era el centro del hogar.
En el Paleolítico, el Neanderthal aprendió a retirar una rama de la hoguera y se construyó una antorcha; en el Neolítico empapó una mecha en aceite e inventó el candil. Aparecieron las primeras lámparas, de arcilla o de barro, con un asa para no quemarse y un vaso que contenía el sebo, grasa animal que emitía una luz mortecina y lánguida, desagradable a la nariz y de fácil combustión. 
Del norte de África, de Oriente o del Báltico llegó la cera. Tardaba más en consumirse y, cuando lo hacía, tenía un remoto perfume a miel y proporcionaba una luz dulce, alegre y juguetona. Pero era cara y difícil de obtener y su uso se reservaba a los dioses o a los reyes. En todos los templos, en todas las religiones, sin excepción, los sacerdotes mantenían viva una llama eterna.
Las candelas necesitaban un soporte y el hombre creó el candelero, un esbelto vástago con una base trípode y una púa en el extremo. En aquella aguja se mantenían erguidos y en pie los cirios, las velas y los velones. El candelero creció de tamaño y se hizo hachero, luego se reprodujo, extendió sus brazos, aumentó sus luces y se convirtió en candelabro.
Menorah
El primer candelabro del que hay registros escritos es el que Dios mandó construir a Moisés tras la salida a Egipto, el que iluminaba permanentemente el Tabernario que guardaba las tablas de los diez mandamientos. “Harás un candelabro de oro puro labrado a martillo”, dijo. “Su pie, su caña, sus copas, sus manzanas y sus flores, serán de lo mismo y saldrán seis brazos de sus lados; tres brazos a un lado y tres al otro.[…] Y le harás siete lamparillas, que encenderás para que alumbren hacia delante”. (Exodo, 25,  31–40). Aquella primera menorah, robada, reproducida, expoliada, recuperada y vuelta a perder, es desde entonces el símbolo del pueblo judío, el faro de su fe, la luz que, según reveló el todopoderoso a Zacarías, deberá imponerse “no con los ejércitos ni con la fuerza, sino con mi espíritu”.
El candelabro también estuvo muy  presente en los ritos cristianos desde los primeros tiempos de las catacumbas. Los fieles recordaban las palabras de Jesús: "Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, más tendrá la luz de la vida" y en las naves de  las primeras iglesias los mosaicos de oro resplandecían gracias a la danza de miles de velas. En Roma, Constantino mandó encender 8.700 candelas para iluminar la Archibasílica de San Juan de Letrán en señal de gratitud por la victoria del Puente Milvio.
La costumbre de iluminar las iglesias con cientos de luces continuó a lo largo de la Edad Media, aunque fuera del ámbito religioso los candeleros no echaron ramas y se transformaron en candelabros hasta bien entrado el siglo XIV. El renacimiento los llevó a la mesa y allí empezaron a generar interés como elemento decorativo; en Italia los hicieron de mayólica, en Alemania de porcelana. Los mejores plateros y orfebres, desde Durero a Schöngauer, pasando por Cellini o Gaudí, diseñarían desde entonces piezas para realzar y sostener el brillo de las luces.
Con la teatralidad del manierismo y, sobre todo, a partir de los excesos del barroco, los candelabros reinaron en los salones, multiplicando sus destellos gracias a la magia de los espejos. Los vidrieros y químicos habían aprendido a hacer planchas con metal líquido y las casas y palacios, de repente, se llenaron de destellos, de nuevos espacios mágicos y centelleantes. Los candelabros resplandecían en las consolas, en las chimeneas y en la mesa haciendo juegos con los relojes y los centros. Tantas fueron las luces y sombras que se vieron en el Salón de los Espejos del Versalles de Luis XIV, tan dramático fue el escenario que vivió la corte del Rey Sol, que sus consecuencias agitan todavía los destinos del mundo. 
Hacheros y candeleros. Paul Decher (1677-1713)
En el XIX aparecieron las primeras lámparas de queroseno a las que siguieron las de gas. En las cenas decimonónicas, a pesar de los rigores  del más estricto servicio a la rusa, no se renunció a la elegancia de los candelabros, que siguieron siendo un elemento imprescindible. Tampoco faltaron nunca en los buffets o en las cenas de gala. Más modestos, en las mesas de muchos restaurantes los candeleros sostenían las velas que animaban siempre los silencios de una conversación amarga.
Pero llegó la electricidad, la luz que no acababa nunca y las velas ya no hicieron falta; los candeleros y candelabros salieron de las mesas, dejaron espacio libre a los platos y volvieron a las consolas y a las chimeneas para disfrutar de un retiro digno y ocioso. Las velas, ahora, sólo aparecen para sumarse a las celebraciones, a las cenas especiales o a los encuentros de alegría o de amor. Mientras tanto se esconden en armarios y cajones esperando que llegue su momento, preparadas también para paliar los inconvenientes más inmediatos de un apagón. Incluso en las iglesias y en los templos la llama alegre de una vela va, poco a poco, siendo sustituida por la monótona luz de las bombillas. Pero de vez en cuando, sólo de vez en cuando, en algunas noches, las velas vuelven a ocupar un sitio de honor en los candeleros y candelabros, recuperan espacio en la mesa y se encargan de suavizar un instante, de hacernos regresar a un pasado en el que la visión perfecta podía depender, solamente, de un golpe de viento. 

Candelabro articulado en acero cromado. Fritz Mayer, c. 1960

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